imagotipo

Desde Tierras Olímpicas / Alberto Lati

  • Alberto Lati

Vergonzoso ejercicio de reivindicación, ese que consiste en echar a perder la vida a los demás en aras de proyectar un mensaje propio.

Vanderlei Cordeiro de Lima tenía que haber cerrado su brillante carrera deportiva con una medalla de oro. Toda su trayectoria, todo su esfuerzo, todas sus desmañanadas para entrenar, todo su afán de perfeccionamiento, toda su disciplina, todo su cuidado corporal, estaban encaminados a una fecha: 29 de agosto de 2004, cuando estaba entre los favoritos para la maratón de los Olímpicos de Atenas.

A falta de siete kilómetros para la meta, el brasileño acumulaba 30 segundos de ventaja sobre sus más cercanos perseguidores, lo que hacía pensar que ya nadie podría arrebatarle el primer sitio en la meta fijada en el viejo estadio Panathinaiko. La maratón más especial, esa que había salido precisamente desde el poblado griego de Marathonas, como supuestamente sucedió con el soldado Phidipidis para informar de la victoria sobre los persas, tenía a Vanderlei como eventual campeón.

Sucedió que un fanático irlandés invadió el circuito, agarró al atleta y lo retuvo por unos segundos. El tiempo perdido, pero, sobre todo, el trauma que supuso, hicieron que Cordeiro de Lima se viera rebasado y solo conquistara el bronce.

Más tarde, en la premiación realizada al inicio de la clausura de esos Juegos, le fue otorgada le medalla Pierre de Coubertin, aunque nada le pudo devolver un oro que era suyo.

Este domingo, Vanderlei desfiló en el carnaval de Río de Janeiro con la escuela de samba Uniao da Ilha, que dedicó su carro alegórico y basó su puesta en escena en los Juegos Olímpicos. Todo comenzó con el exmaratonista portando una antorcha, al tiempo que el sambódromo lo homenajeaba.

Uno de esos personajes a los que siempre veremos con nostalgia. Uno de esos deportistas a los que siempre se amarrará al día en que tuvieron que ganar y, por razones totalmente ajenas a su desempeño y brillantez, no lo hicieron.

Twitter/albertolati