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Desde tierras olímpicas | Alberto Lati

  • Alberto Lati

Río de Janeiro 2016 puede remediar, aunque sea de forma meramente provisional, uno de los agujeros dejados por Brasil 2014: que el estadio Mané Garrincha de Brasilia, uno de los más grandes del país y el más caro del Mundial, tenga uso por lo menos durante este año.

Con Maracaná entregado a las autoridades olímpicas para acondicionarse de cara a la inauguración, el equipo más popular de Río está desesperado por hallar en dónde disputar sus encuentros de aquí a octubre y ha surgido el inmueble de la Capital Federal como opción.

Por supuesto que la logística luce compleja: Brasilia se ubica a más de mil kilómetros de Río y los aficionados cariocas del conjunto rubro-negrose verían privados de presenciar sus encuentros en casa. Sin embargo, el Flamengo parece hallar en ese exilio su mejor alternativa.

Desde que se celebró en sus gradas el duelo por el tercer lugar de Brasil 2014 (goleada de Holanda a la verdeamarela), se ha buscado ocupar esa cancha para una variedad de eventos: torneos femeniles, jornadas aisladas de liga brasileña, encuentros amistosos de edad restringida, pero entre 2015 y 2016 apenas ha albergado algo más de una docena de juegos. Sus inmensas tribunas han llegado a lucir ridículas con ingresos incluso menores a las 500 personas y desde el Mundial no ha logrado llenar en ninguna ocasión la mitad de su capacidad.

Por ello la llegada del Flamengo sería un gran alivio. El apodado club Mengao es, junto con el Corinthians, el equipo más querido en Brasil. Por lo menos se espera que meta 30 mil espectadores a cada jornada, lo que es mucho decir si se considera el abandono del Mané Garrincha.

Como sea, ese solo será un remedio temporal. El gran problema de Brasilia ya se conocía desde antes del Mundial: que sus equipos, sin tradición o arraigo ante los aficionados, suelen fluctuar entre tercera y cuarta división.

En los Olímpicos recibirá siete partidos del torneo varonil de futbol. Previo a los Olímpicos el Flamengo pinta para convertirse en local ante el público brasilianense. Después de los Olímpicos seguirá esta absurda incógnita: tenerlo, costoso e inmenso, y no saber en qué o cómo aprovecharlo.

Twitter/albertolati

/arm