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Desde tierras olímpicas | Alberto Lati

  • Alberto Lati

Los desalojos para abrir espacio a estadios no son exclusivos de Brasil en su pasado Mundial o en sus inminentes Juegos: es un tema que, desafortunadamente, se ha convertido en una constante cada que un país se prepara para un megaevento deportivo.

La diferencia, en todo caso, son dos factores: primero, la justa compensación a quien se ha privado de su vivienda o negocio; segundo, la libertad de los afectados para protestar en público y ante la Ley.

Para que Londres 2012, pudiese disponer, en el este de la ciudad, del complejo deportivo más grande del planeta, con más de dos y medio kilómetros cuadrados de extensión, fue porque logró adquirir vastos terrenos ocupados por fábricas decrépitas. Como sea, justo en el punto en el que se instalaría la pista de atletismo, se ubicaba una recién modernizada procesadora de salmón ahumado.

Su dueño, Lance Forman, luchó por demostrar ante los tribunales, que si querían demoler su negocio, tendrían que pagarle una indemnización suficiente para compensar lo que costó la remodelación del establecimiento y la mudanza a otro punto.

Pioneros en la historia del salmón ahumado, me explicaban su postura: “aquí no se había preparado nada, porque hasta los ingleses estaban convencidos de que París ganaría la sede olímpica. Llegaron a decirnos al otro día de que ganaron la sede: ´se tienen que marchar porque aquí será el estadio´, y como estábamos literalmente en la pista de atletismo, entonces, les sugerimos que los atletas corrieran alrededor de nosotros, pero la caída de las jabalinas podía ser un problema. Nuestra batalla no era antiolímpica. Era básicamente por la oportunidad de podernos mudar sin quedarnos sin dinero. Pensábamos que si debíamos construirnos un nuevo lugar, nosotros no teníamos por qué pagarlo”.

Sin embargo, el común de los desalojados olímpicos no ha podido negociar como lo hicieran los salmoneros Forman. Se estima que más de 250 mil personas, han sido desplazadas en Brasil para hacer sitio a las construcciones de los dos eventos, o por ubicarse en cinturones deseados por la industria del turismo (recuerdo las casas en Fortaleza, cercenadas para que por ahí pasara la autopista que llevaba al estadio Castelao).

De las numerosas historias, hoy la más llamativa es la de Pedro Berto, cuya casa, de pronto, ha quedado completamente rodeada por las obras del Parque Olímpico de Río 2016. Todos sus vecinos se han tenido que ir, pero él mantiene su lucha y cada mañana despierta, absurdamente, entre tractores y rejas.

Tarde o temprano, Pedro Berto se deberá marchar. El problema es que lo haga habiendo recibido lo justo, tanto económica como legalmente.

¿Solo en Brasil? Para nada. Incluso en Tokio, ciudad en apariencia impecable, por estos días, hay manifestaciones de quienes han sido instados a ceder su hogar.

Twitter/albertolati

/arm