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Desde tierras olímpicas | Alberto Lati

  • Alberto Lati

Difícilmente se encontrará ciudad con un nombre que genere tan elevada impresión: Río de Janeiro y, mucho más, con la pronunciación portuguesa: Giu di Yaneeiru.

Difícilmente, también, hallaremos sitio con un nombre más confuso: Río no es un río y la fundación oficial de la localidad no fue en enero (janeiro en portugués), sino en marzo. Lo de río se explica porque los navegantes portugueses que incursionaron por la Bahía de Guanabara, sintieron que tan suaves aguas y angosto conducto, debía de tratarse en realidad de una corriente fluvial y no de una entrada del mar. Lo de Janeiro se atribuye a que la llegada fue un primero de enero (1502), aunque la fundación llegaría 63 años más tarde, en un primero de marzo (1565).

De tal forma que este martes la más coqueta y célebre urbe brasileña, festejó un nuevo aniversario: 451 años de existir como ciudad.

El pastel iba a ser de 216 metros, en conmemoración de este 2016 de Olímpicos, pero la crisis pega en todo sentido. Finalmente, los asistentes a la fiesta debieron de conformarse con una tarta con crema batida de veinte metros de largo (muy pequeña si se considera que hace un año, fue de nada menos que 450 metros por cumplirse ese aniversario).

¿Qué es Río? Ante todo, una belleza natural. Muchas ciudades brillan gracias a su arquitectura, Río, con sus edificios viejos y mal mantenidos, lo hace pese a ella. Un trazado mágico sobre el Océano Atlántico, colinas por doquier (alguna con el Cristo Redentor de Corcovado; otra, el denominado Pan de Azúcar; una más, la bohemia Santa Teresa; muchísimas, los morros con sufridas favelas). Lo de la arquitectura, pese a que la Avenida Atlántica de Copacabana es un imponente mosaico diseñado por el legendario artista Roberto Burle Marx.

Eso, más un clima cálido a lo largo de todo el año, más una población risueña y hospitalaria, más una oferta gastronómica muy generosa, más un permanente culto al cuerpo (sí, mujeres bellísimas) , más un futbol que se palpa a cada instante de la rutina: el más seguido, Flamengo; contra el racismo por su origen, el Vasco Da Gama; el más tradicional, el Fluminense, por haber sido instaurado por quien llevó el futbol a Río, el británico-brasileño Óscar Cox; otra opción muy querida y de barrio inicialmente aristocrático, el Botafogo.

Río es samba (en la Pedra do Sal se baila maravillosamente al atardecer dos días a la semana), bossa nova (en Ipanema brotaron los acordes de ese matrimonio de música con poesía), carnaval (el sambódromo, con un acceso que, dicen, se inspira en una tanga) y, sin duda, Maracaná.

451 años de la actual sede olímpica. Aniversario con los ojos puestos a ese momento, en agosto, cuando por primera vez se prenda un pebetero olímpico en Sudamérica.

Será en ese río que no es río. Será en ese janeiro que se celebra en marzo.

Twitter/albertolati

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