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Desde Tierras Olímpicas / Alberto Lati

  • Alberto Lati

A la vista de lo que se va revelando sobre los esfuerzos (legales e ilegales) que hace todo aspirante a sede olímpica o mundialista, vale la pena profundizar en las razones de tal ilusión, obsesión o cómo se quiera llamarle.

En el mundo perfecto y bajo balances ideales, ¿qué es lo mejor que puede suceder a un país que alberga un megaevento deportivo?

Lo primero, evidentemente, que su economía resulte beneficiada en todo sentido. Que la derrama económica durante el evento supere al gasto, que se generen muchísimos puestos de trabajo permanentes (y no solo temporales), que las instalaciones edificadas tengan uso constante, que la infraestructura de movilidad incremente la calidad de vida, que se posicione el país como destino turístico, que se publicite la cultura local, que se genere un entorno favorable para desarrollar negocios e invitar inversión extranjera. Al mismo tiempo, de que nazca una cultura deportiva que mejore las curvas de salud de la población: apego al ejercicio, hábitos sanos, disminución de sobrepeso, tabaquismo y alcoholismo. Todo lo anterior, en un contexto de armonía social y nacionalismo bien entendido.

Eso es lo ideal. Y eso casi nunca ha sucedido en épocas recientes.

La historia demuestra con claridad que un megaevento deportivo es poco menos que un lastre. Hoy Río de Janeiro 2016 está atorado en una terrible crisis (explicaba el jueves, en este espacio, que incluso la crisis se ha adelantado al inicio de los Juegos) y algo parecido debe de decirse de la mayoría de quienes se han aventurado.

Albergar unos Olímpicos o Mundial, implica una presentación “con bombo y platillo” ante el resto del planeta. También una oportunidad dorada para los políticos (a menos que suceda lo de la presidenta brasileña, Dilma Rousseff, sumida en un alarmante rechazo justo desde el instante en que iniciaba la Copa Confederaciones 2013).

El presidente sudafricano, Jacob Zuma, cuestionado por las cifras que costó a su país ser sede mundialista en 2010, aclaraba: “Los beneficios sociales no tienen precio. Ha habido unidad, patriotismo y solidaridad a niveles nunca antes vistos”.

¿Eso es todo? Aparentemente sí. Veo venir una lucha encarnizada por la sede olímpica de 2024. La favorita, París, cuenta ya con muchísimos parisinos haciendo campaña en su contra. Boston quedó fuera del camino por la misma renuencia de sus habitantes.

Como quiera que sea, quien logre la sede lo festejará como si el rey Midas estuviera por llegar a su tierra, listo para dar a cada cual lo que desee (más o menos lo que el iluso Brasil habrá pensado).
Twitter/albertolati