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Desde tierras olímpicas | Alberto Lati

  • Alberto Lati

Poquísimos creían que Río de Janeiro pudiera quedarse con los Juegos del año 2016, cuando Lula Da Silva subió al estrado del Bella Center de Copenhague, aquel dos de octubre de 2009.

Madrid era favorita, todavía sin haber reventado su burbuja inmobiliaria y haberse desatado la consiguiente crisis.

Estaba Tokio, con la garantía de la tecnología y certeza logística que el archipiélago del lejano oriente significa.

Competía Chicago, encabezada nada menos que por Barack Obama, recién llegado a la Casa Blanca y con tal clima de furor que una semana más tarde sería nombrado Premio Nobel de la Paz.

Pero Lula y su carismática barba, pudieron con todos. Presidente brasileño, ya a un año de concluir su segundo mandato, convertido en prócer de la humanidad: las cifras del crecimiento económico brasileño, la cantidad de gente que había salido de la pobreza extrema, las favelas pacificadas, daban a Luizlnacio Da Silva un aura mágica (por entonces, en algún encuentro con Bono, el celebérrimo líder de la banda U2 le decía “eres un tesoro del mundo”).

Fue su discurso, reparando en la desigual repartición de sedes olímpicas a lo largo de la historia, con el sur marginado, donde Lula convenció a tantísimos delegados. Río de Janeiro pasó de representar a cariocas y brasileños, a jugar a nombre de los habitantes de Sudamérica, sureste asiático, India, el África debajo del Sahara.

Seis años y medio pueden parecer mucho o poco, según. En este caso, ese lapso ha transcurrido desde la gran victoria olímpica de Lula y ahora resulta que el expresidente brasileño no llegará en paz a la inauguración.

Una semana muy movida, con allanamiento de sus oficinas, con petición de prisión preventiva, con polarización y fuertes choques entre defensores y rivales del político, con el desplome de alguien que iba camino a quedar unos peldaños por debajo de Nelson Mandela, ni más ni menos.

Si aquel dos de octubre de 2009 alguien hubiese sugerido en Copenhague, el nombre de Lula como el del primer exmandatario en encender un pebetero olímpico, no habría parecido tan extraño o extremo. A ese nivel había devoción y consenso en relación con su figura.

Hoy, con su discípula Dilma Rousseff brincando de escándalo en escándalo, con el crecimiento brasileño revelando que todo era una ficción atribuible a lo que China compraba a este país, con las favelas alebrestadas, con el país envuelto en una inmensa crisis social, económica y política, con la corrupción mostrando sus manchas por doquier, Lula se acerca a los Juegos que el conquistó para Río, en el peor momento de su trayectoria.

Twitter/albertolati

/arm