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Desde tierras olímpicas | Alberto Lati

  • Alberto Lati

El termómetro de pesimismo alcanza nuevos récords: Brasil se supera a sí mismo y recibirá los Olímpicos 2016 incluso con un clima social más complejo que con el que vivió en el Mundial 2014.

Cuesta trabajo focalizarse en las instalaciones que, salvo por contadas excepciones, mal que bien avanzan para recibir las competencias. Cuesta trabajo centrarse en la infraestructura que, ahora se insinúa, acaso no cuente con el imprescindible metro que uniría a Barra de Tijuca con la zona turística carioca (dimensionemos: en coche, pueden ser dos horas; en subterráneo, serían 15 minutos). Cuesta trabajo profundizar en lo que sucede con el virus del zika y sus implicaciones de cara a tan multitudinario evento. Cuesta trabajo retomar el tema de la contaminación en la bahía de Guanabara que no será remediada. Cuesta trabajo, porque hoy Brasil, como en 2013 con la Copa Confederaciones, como en 2014 con el Mundial de futbol, de nuevo no está para celebraciones deportivas.

El domingo salieron a las calles tres millones de personas en más de 400 ciudades brasileñas. Protestas que exigen el encarcelamiento por corrupción del expresidente Luiz Inacio Lula Da Silva y el procesamiento de la actual mandataria Dilma Roussef. Unos inmensos inflables mostraban a Dilma con antifaz y una banda que decía “impeachment” (término referente a llevarla a los tribunales), así como a Lula vestido de reo.

Dilma apoya a Lula y hará todo lo posible por evitar que sufra mayor daño legal, aunque otras instancias del Gobierno brasileño buscarán a toda costa imponerle una fuerte sentencia.

Por primera vez en épocas contemporáneas, no es descabellado pensar que el país anfitrión del fuego olímpico, termine por recibirlo con un presidente obligado a renunciar o bajo exigencia popular de hacerlo. Así de grave es la situación hoy en Brasil.

En 2004, a unos meses de la inauguración de los Juegos de Atenas, Grecia debió de adelantar elecciones y hubo cambio de partido gobernante con una votación relativamente pareja. Eso suena a nada si se considera que Dilma ha entrado a este tercer mes del año con más del 73 por ciento de desaprobación.

Sí, el termómetro social brasileño de este 2016 ha superado al de 2014, ya de por sí ardiente.

Twitter/albertolati

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