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Desde tierras olímpicas | Alberto Lati

  • Alberto Lati

Cinco severos oleajes amenazan de naufragio al programa de dopaje de Río de Janeiro 2016.

En relativamente pocas semanas, se han acumulado demasiadas controversias sobre ese tema: el escándalo que implica a atletas tanto de Rusia como de Kenia, así como el análisis positivo anunciado por la tenista María Sharapova, la inhabilitación que se mantiene contra halteristas búlgaros y ahora la investigación a países como Etiopía o Marruecos.

Por ende, hay una inmensa duda respecto a si los Olímpicos de este año serán más limpios que los anteriores. Consideremos que Londres 2012 desnudó a 39 atletas que consumieron sustancias prohibidas, cifra que fue de 22 en Beijing 2008 y 37 en Atenas 2004 (si hablamos de medallas retiradas por dopaje: cinco en Londres 2012, ocho en Beijing 2008 y 15 en Atenas 2004).

Con ese clima no es fácil ser optimista, aunque admitamos que mayor intranquilidad suscitaría si hubiera la sensación de que nada se hace para desenmascarar al dopado. Si no se hace suficiente o no con total éxito, es tema distinto, pero el esfuerzo es grande.

Sucede que esto es una especie de cuento de nunca acabar, una suerte de carrera eterna, una historia con enésimos capítulos. Los laboratorios compiten no solo por generar sustancias que eleven el rendimiento, sino, sobre todo, aquellas que logren disfrazar u ocultar lo prohibido en las pruebas. Al mismo tiempo, la WADA y sus ramificaciones lo hacen para elevar la capacidad de detección. Así se la llevan en los dos bandos: inventan aquí, pasa algún tiempo y detectan allá; inventan de nuevo aquí, tras un rato detectan de nuevo allá.

De cara a Río 2016 se anuncia una fuerza especial antidoping. Las federaciones que rigen cada deporte se unirán con los organismos dedicados a erradicar el dopaje, a fin de crear toda una inteligencia que ayude a focalizarse tanto en sustancias como en atletas bajo sospecha.

Suena bien, aunque sabemos de maravilla que la batalla nunca será ganada en definitiva. Así como la WADA pretende minimizar sus márgenes de error, varios laboratorios invierten y trabajan para sofisticar sus trampas, para desarrollar tecnologías, para burlar a los controles.

Evidentemente, no todos los dopados serán desenmascarados. Debe de generarnos relativa tranquilidad el saber que, como nunca en la historia, hay genuinos esfuerzos y voluntades para echarlos de la competencia y propiciar algo más cercano a un deporte limpio.

Twitter/albertolati

/arm