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Desde tierras olímpicas | Alberto Lati

  • Alberto Lati

Cuando en 2009 Río de Janeiro consiguió la sede para albergar los Olímpicos de 2016, despuntaba una velocista brasileña, suplente en los relevos 4 X 100 de Beijing 2008. Si mantenía tan asombroso ascenso, esos siete años tenían que convertirse en el camino perfecto para colgarse una medalla en el podio del estadio Engenhao.

Ana Claudia Lemos cumpliría, año por año, competencia por competencia, con el trayecto soñado, siempre viendo hacia Río 2016. En los Panamericanos de Guadalajara 2011 ya conquistó dos oros, a lo que pronto seguiría imponer récords sudamericanos tanto en 100 como en 200 metros.

El plan Río 2016 era idóneo y hasta hace unos días, se auguraba a Ana Claudia al menos una presea en relevos y acaso otra en alguna competición individual.

Sin embargo, repentinamente todo se ha torcido para esa esperanza brasileña. A cinco meses de la inauguración, le fue detectado dopaje positivo, con lo que casi con total certeza no participará en los Juegos.

Durísimo golpe para la delegación brasileña y sus proyecciones de lograr la mejor actuación en su historia, su mayor sitio en el medallero.

Más allá de sus marcas y de esa progresión que parecía hecha a medida de cara a agosto de 2016, Ana Claudia resultaba especialmente querida y admirada. Su imagen fresca, su convicción, su alegría, la hacían un personaje entrañable en Brasil. Sobra decirlo, sin importar la procedencia del atleta, el dopaje no es negociable o relativo, máxime si la sustancia hallada era un anabolizante.

En días en los que nos hemos acostumbrado a despertar leyendo sobre un nuevo escándalo de doping (muchos en Rusia), el impacto de este caso da para otro debate por tratarse del país anfitrión.

Nadie olvida que a unas horas de abrirse los Olímpicos de Atenas 2004, dos de los mejores atletas griegos (Kostas Kenderis, oro en los 200 metros de Sydney 2000, y Katerina Thanou, plata en los 100 metros también en Australia) fingieron un accidente de motocicleta para no efectuarse un análisis obligatorio. Los velocistas fueron linchados por la opinión pública, pero en el fondo queda una sensación que se repite con Ana Claudia: la inmensa presión que padecen los atletas de la nación sede, la inseguridad que les genera fallar ante su gente, la codicia y ambición consecuentes de esa oportunidad de consagrarse héroes en su propia tierra.

Por ese motivo, el Comité Olímpico de la Gran Bretaña instauró una regla de cara a Londres 2012: que quien hubiese sido cachado una vez, quedaba inhabilitado de por vida para ir a Olímpicos, sin importar que el castigo estuviese cumplido (era el caso del velocista Dwain Chambers). Tras no pocos procesos legales, esa norma tuvo que ser modificada, aunque la severidad de la amenaza surtió cierto efecto: ningún deportista del Reino Unido apareció en la lista de dopados de esa justa.

Brasil y Río de Janeiro 2016, como si tuvieran pocos problemas en otros frentes, ahora han de resignarse a la ausencia de su mejor velocista.

Twitter/albertolati

/arm