imagotipo

Desde tierras olímpicas | Alberto Lati

  • Alberto Lati

Busque en Michael Phelps, en Usain Bolt, en Roger Federer, en Neymar, en quien sea: no encontrará semejante historia. Repita con respeto el nombre de Yusra Mardini, quien, desde el deporte, nos obliga a reflexiona –y en unos renglones le explicaré por qué.

Ante una situación apremiante, una respuesta sin precedentes. El momento más delicado de la historia en términos de cantidad de refugiados, necesitaba una réplica de máximo sentido humano de parte del olimpismo. Meses atrás se dio a conocer que los atletas refugiados podrán competir bajo una bandera común en Río de Janeiro 2016, lo que constituye un inmenso triunfo para esta causa.

¿Por qué lo veo así? Porque solo a través de un evento de esta magnitud se puede emitir tan urgente mensaje, abrir este tema de conversación, reiterar la vulnerabilidad de este sector de la población; claro, sus esfuerzos en pistas y piscinas no se traducirán en que se abran las fronteras en los Balcanes, en que se llegue a un sensato plan de distribución de los cientos de miles que necesitan asentarse en un nuevo país, en que se acallen las voces de racismo y fobia hacia su condición, en que se cumpla su derecho a ser recibidos al comprobar la amenaza de la que han huido; pero se enfatizará algo tan simple como que son personas (como usted o como yo, como Bolt o como Phelps, como Neymar o como Federer), cuya suerte ha sido terrible.

Deporte de por medio, personas que han sufrido la tragedia de tener que huir de casa, podrán dar un imperativo llamado a todo el planeta: que han sufrido, que se han visto obligados a dejar su hogar (recalcar: nadie lo hace por gusto) y que están de pie.

Planteo el anterior preámbulo para referirme a la historia de la nadadora YusraMardini, que me ha compartido ACNUR (la agencia de la ONU para los refugiados). Su debilísima embarcación, como muchas otras que a diario surcan el Mediterráneo atestadas de humanos que buscan escapar de la barbarie en Siria, perdió la función del motor. Yusra, con la ayuda de otros refugiados, empujó la barca por tres horas y media hasta tocar tierra en la isla griega de Lesbos. Muchos de los pasajeros no sabían nadar, por lo que sin el esfuerzo de Yusra, habrían perecido como,vergonzosamente, miles más perecen a diario.

De esas desafiantes aguas, a las mansas de la piscina en Berlín, hay escasos nueve meses. En la capital alemana, Yusra busca clasificarse a los Olímpicos de Río y formar parte del equipo de refugiados.

Cualquier medalla le quedará pequeña. Será el triunfo de la persistencia, del amor a la vida, del aferrarse a existir, de los Derechos Humanos. Será, también, un mensaje que debemos de repetir: todos podríamos ser refugiados, todos podríamos vernos obligados a dejar nuestra casa, todos podríamos estar en esa situación. Y todos quisiéramos que si llegara ese momento, haya quién nos de la mano y nos permita ser: ni regalos, ni limosnas, simplemente ser, como lo hace ACNUR en esta crisis sin precedentes.

Twitter/albertolati

/arm