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Desde tierras olímpicas | Alberto Lati

  • Alberto Lati

Ninguna declaración distinta de parte del Comité Olímpico Internacional podía esperarse. Más bien, la nota hubiese sido que se dijera lo contrario, que se hablara de preocupación y angustia, que se pusieran los Juegos en duda, que se admitiera incertidumbre por la forma en que los Olímpicos serán en un país que, con alta probabilidad, tendrá a un presidente interino y a buena parte de su clase política deslegitimada.

A menos de cuatro meses de la inauguración de Río de Janeiro 2016, no se sabe quién efectuará la declaración de apertura, aunque pierde fuerza la opción de que lo haga la presidenta Dilma Rousseff.

Los pasos hacia su juicio político, que implicaría su alejamiento del cargo, avanzan inexorables. Al mismo tiempo, crece un marco de polarización social en el que pretende dividirse a ricos y pobres, respectivamente, en el ataque o defensa de la mandataria.

Todo eso, en un país sumido en una devaluación y con su economía en contracción, que viene de padecer para organizar un Mundial y ahora lo hará con los Olímpicos. Dos eventos que, indiscutiblemente, guardan estrecha relación con el caos político que ahora sucede.

No es novedosa esa característica del pueblo brasileño de externar siempre lo que no le parece (en 1915, el viajero inglés G.J. Bruce ya escribía: “Cuando un brasileño en un coche, en un tren, en un navío, en un café o en la calle, sufre alguna agresión, protesta de tal forma que en general su queja se convierte en discurso público dirigido a todos los que se aproximen para escucharlo”). Lo novedoso ha sido que este coctel recibiera su carga más explosiva de la inconformidad por derrochar en Mundial y Olímpicos, cuando había tantas otras prioridades de gasto.

La manifestación de junio de 2013 en Sao Paulo por el aumento al precio del transporte público, desemboca de muchas maneras en el actual proceso que tiene a Dilma muy cerca de la caída. Junto con aquellas marchas previas y durante la Copa Confederaciones 2013, se dio un definitivo divorcio entre el pueblo brasileño y sus gobernantes, fomentado por las revelaciones de la investigación de corrupción en torno a la paraestatal Petrobras.

Apenas menos de tres años desde aquellos incidentes, pero la imagen de Dilma y su predecesor Lula (antes beatificado y acercado como personaje histórico a Nelson Mandela) no han hecho más que continuarse derribando.

El COI reitera que “los preparativos de los Juegos Olímpicos se encuentran ahora en una fase muy operativo, por ello este tipo de problemática política ejerce menor influencia de lo que hubiese sido en otras etapas de organización”.

Suena bien, pero nadie lo cree: el COI siempre temió por lo que pasaría en Brasil con estos Juegos, se angustió mucho más con las manifestaciones multitudinarias de 2013 y creció en su pesar con las demoras para el Mundial 2014. Como sea, este escenario ni el más pesimista en las oficinas de Lausana lo pudo prever.

Twitter/albertolati

/arm