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Detrás del Rusiagate (III)

  • Andrea Cataño

Dice un viejo refrán español que alabanza en boca propia es vituperio. Por supuesto que este concepto le es muy ajeno al presidente Trump, quien, hace unos días “hizo el oso” durante su primera reunión con todo su gabinete.

Antes, en estas reuniones a puerta cerrada se permitía la entrada a los medios un rato, el presidente daba un muy breve mensaje tras el cual se les invitaba a a salir. Donald Trump hizo algo inusual en esta ocasión. En primer lugar, mencionó los supuestos éxitos de sus primeros 143 días de gobierno con la siguiente afirmación: “Nunca ha habido un presidente, con pocas excepciones. que haya aprobado más leyes y que haya hecho más cosas que yo”. En realidad lo único que ha firmado son órdenes ejecutivas, la más importante es la prohibición de entrada a su país de musulmanes que fue bloqueada por un tribunal federal. El proyecto de ley de atención médica está atorado en las maquinaciones del Senado. La reforma fiscal no se ha movido una pulgada. El financiamiento para el muro fronterizo no ha ocurrido. Y así podríamos seguir.

Pero lo que resultó hilarante fue cuando terminando de jactarse de sus “logros”, Trump se dirigió a sus secretarios de estado y les pidió que pronunciaran algunas palabras. Sus corifeos se deshicieron en halagos y agradecimientos de pena ajena, en una escena como sacada de su serie “The Apprentice”.

Lo cierto es que aTrump se le están complicando las cosas. Ahora sí, de acuerdo con una publicación del Washington Post, Trump está bajo investigación criminal por obstrucción a la justicia y quien lo investiga es el respetadísimo y muy riguroso Robert Mueller, a quien quiere correr, pero le resultaría peor, recordemos Watergate.

En fin, hasta aquí con lo que hoy le sucede al inefable Capitán Cheetos en su mandato y sigamos con la parte relacionada a sus tratos con la mafia rusa. A la par de la difusión de las reuniones que Michael Flynn sostuvo con el embajador de Rusia en Washington, Serguei Kisliak, durante la campaña electoral, corrió el rumor de que el gobierno ruso tenía pruebas comprometedoras relativas a la participación de Trump en una encerrona con prostitutas con las cuales podría chantajearlo.

Estas presunciones jamás se comprobaron, sin embargo, existe un antecedente que llama la atención. Se trata del otro socio de Bayrock: Alexander Mazkiévich, cuyos negocios han estado bajo pesquisa por lavado de dinero y corrupción. Pero lo más grave es que en 2010, Mazkiévich y Arif fueron acusados de trata de menores.

La policía turca hizo una redada en un lujoso yate donde estos dos socios de Trump daban una fiesta con nueve jóvenes rusas, algunas menores de edad. En las fiestas organizadas por los mencionados socios de Trump, se les obligaba a tener relaciones sexuales con los invitados para contribuir a cerrar grandes negocios. Mazkiévich huyó y Arif tuvo que delatar a sus cómplices para no ir a la cárcel.

Trump está furioso por el giro que ha tomado el Rusiagate. No halla a quién culpar, pero en realidad, el único culpable este y todos los desgarriates de su administración es él mismo. Si Robert Mueller está investigándolo por obstrucción a la justicia, es porque debe tener algo más que presunciones de que se ha cometido ese delito y no olvidemos que la verdad siempre cae por su propio peso.

andreacatano@gmail.com