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Día de comicios

  • Juan Antonio García Villa

Durante décadas, se consideró –y con razón- que el principal problema del país era el político. Sin resolverse éste, su desarrollo pleno sería imposible o muy cuesta arriba. Dicho problema se hacía consistir en el férreo control político del país que un reducido grupo ejercía por los peores métodos. Se valía al efecto de un partido político oficial.

A través de la arbitrariedad, la violencia de ser necesario y el indebido uso de todos los recursos del Estado, dicho grupo conservaba la hegemonía política, al costo que fuera. Tal situación hizo imposible que el país tuviera, durante un largo periodo, un sistema competitivo de partidos y la alternancia de éstos en el poder.

Sin embargo, así fuera poco a poco, esas condiciones empezaron a cambiar. Gracias a la intermitente exigencia popular de respeto al voto y en buena medida a la perseverante insistencia de un partido, Acción Nacional, fue posible instaurar un sistema de partidos más o menos competitivo, mejorar la legislación electoral y hacer factible la alternancia, tanto en el plano local como en el nacional.

Pero algo falló. Es evidente que los procesos electorales, a pesar de los mencionados avances, continúan como hace cuatro o cinco décadas, sin contar con la confianza del más importante agente de todo sistema democrático, que es el electorado mismo.

Lamentablemente, es verdad sabida que una alta proporción de votantes no cree ya en los partidos. ¿En cuáles ya no cree? desafortunadamente, en ninguno de los que forman nuestro sistema. La frase trillada indica que “todos los partidos son iguales”, de lo cual se puede deducir que según la percepción, en menor o mayor medida, todos han decepcionado.

Tan es así, que hoy son enormes las expectativas que ha generado la figura de las candidaturas independientes. Por las mismas razones que los partidos, la figura fracasará y será desechada de plano o subsistirá con desprestigio. Porque se trata de una especie de subproducto del sistema y participa de las debilidades y limitaciones de éste. Como prueba, se puede señalar que, salvo excepciones, ha servido de refugio a antiguos militantes de los partidos. Pero a diferencia de lo que sucede con los partidos cuando fallan, no hay a quién reclamar o castigar políticamente.

Este domingo habrá elecciones en trece estados. Por lo pronto, según parece, en ninguno tiene posibilidad de alcanzar mayoría de votos algún candidato independiente. Sin embargo, no es éste el tema. Lo verdaderamente importante será aprovechar el flujo de información de todo tipo que se genere, a fin de tratar de determinar por qué el sistema de partidos ha caído en desprestigio. A todos conviene conocer bien el origen del problema, antes de que el sistema colapse y derive en catástrofe. Habrá pues mucho qué analizar.

Si el elector común considera que su voto de nada sirve para cambiar el estado de cosas que priva en su entidad (predominio de la delincuencia organizada, corrupción gubernamental sin límite, ausencia total de rendición de cuentas impunidad absoluta, etc.), se planteará entonces qué sentido tiene votar si las cosas seguirán iguales. Ojalá que no. La clave está en ir a votar.