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Día histórico / De Justicia y otros mitos / Sergio Arturo Valls Esponda

  • Sergio Valls Esponda

Lo invito a queantes, durante o después de dar cuenta del manjar que el día de la Candelaria nos deparó, le pregunte a un niño o niña por qué no fue a la escuela ayer.Es muy probable que no lo sepa. Alguno contestaráque por ser día de la Constitución. Ahora le pregunto:¿Qué será peor:conocer una versión falsa de la historia o no conocer la historia?

Las razones que llevaron a tomar la decisión de inhabilitar al poco productivo lunes deben de haber sido profundas y altamente meditadas pues a un año de celebrar el Centenario de la Constitución vigente y 159 de la Constitución de 1857 –ambas se promulgaron un 5 de febrero–, resultaba más que elementalconmemorar con precisión el día.La celebración de fechas históricas tiene un objetivo distinto a acomodar puentes. Se trata de identidad nacional.

Durante los próximos 369 días estaremos desbordados de estudios, análisis, artículos, ensayos y algunos libros que tendrán por tema la Constitución del primero, perdón, del cinco de febrero.La mayoría de lo que leeremos será pródigo en alabanzas y orgullo patrio.En el otro extremo serán señalados los traidores, herejes y vende patrias que se atrevan a descalificarla o cuestionar su origen. Con algo de suerte nos encontraremos con textos que permitan una revisión objetiva y desprovista de pasiones que nublan. Que nos expliquen por quéaumentó en más de 200% su tamaño (la versión de 1917 tiene 22,000 palabras la actual 67 mil).¿Porque se ha reformado más de 600 veces o porque retomamos contenidos de la de 1857?

Pero ya platicaremos de nuestra Constitución,le cuento que un día como hoy pero de1848 sucedió algo de enorme importancia para nuestro país.No sólo cambió la geografía,también modificó la visión sobre nuestros vecinos pero principalmente alimentó nuestro ya desarrollado y abnegado sentimiento autocompasivo. Toda vez que no es algo celebrable ya sea gritando o flojeando,da la impresión de que lo mejor es olvidarlo.Hablamos de la firma del Tratado de Amor y Paz, Amistad, Límites y Arreglo Definitivo entre los Estados Unidos Mexicanos y los Estados Unidos de América. Mejor conocido, por la Villa de la Ciudad de México en donde se suscribió, la deGuadalupe-Hidalgo.

Puso fin a la Intervención Estadounidense alestablecer que México cedería el 55% de su territorio, lo que hoy son los estados de California, Nevada, Utah, Nuevo México y parte de otros cinco. Además, renunciaríamos a todo reclamo sobre Texas. Como compensación, Estados Unidos pagaría 15 millones de dólares;tres a la firma y el resto en abonos. El tratado fue ratificado por el Congreso mexicano, aunque el estadounidense le hizocambios. Más del 90% de los pobladores de esos territorios decidieron obtener la ciudadanía norteamericana.

Nos guste o no, lo anterior es parte de nuestra historia. Un hecho tan trascendente debe de ser estudiado antes de ser juzgado,entender que puso fin a una guerra que ya habíamos perdido, que su origen radica en la apatía y desunión entre los mexicanos. La culpa no puede ser sólo de una persona que ocupó en once ocasiones la Presidencia: Santa Anna, quien increíblemente regresó en 1853 para vender en 10 millones de pesos La Mesilla.Curiosamente su tumba se encuentra en el viejo Panteón Civil del Tepeyac, en la Villa de Guadalupe-Hidalgo.

Me despido con un dato de Ecuador, otro país que también celebra el 5 de febrero. Tiene que ver con el aborrecido Abdalá Bucaram, quien por delirante es una especie de Santa Anna ecuatoriano, aunque en lugar de gobernar once veces, lo hizo once meses.Al cumplirse un año de que, tras el unánime rechazo popular, el Congreso lo declaró “no apto mentalmente para gobernar”,se declaró el 5 de febrero como “Día de la Dignidad Nacional”.¡Provecho!