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Días de aire malo

  • Paul Krugman

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Muchas personas votaron por Donald Trump porque creyeron en sus promesas de que restablecería lo que se imaginan fueron los viejos tiempos, los días en los que Estados Unidos tuvo muchos empleos tradicionales en las minas de carbón y en la producción de manufacturas. Se van a decepcionar profundamente: el cambio para alejarse del trabajo fabril es, en lo fundamental, uno tecnológico y no se debe a la globalización, así es que ninguna cantidad de tuits o de exenciones fiscales harán que regresen.

Sin embargo, en otras formas, Trump puede, en efecto, restaurar el mundo de 1970. Puede, por ejemplo, hacernos regresar a los días en los que, con demasiada frecuencia, el aire no era seguro para respirar. Y empezó bien al seleccionar a Scott Pruitt, un duro enemigo de la regulación a la contaminación, para dirigir al Departamento de Protección al Ambiente (EPA, por sus siglas en inglés). ¡Hacer que Estados Unidos vuelva a respirar con dificultad!

Gran parte de los comentarios sobre el nombramiento de Pruitt se han centrado en su negación de la climatología y en la alta probabilidad de que el gobierno entrante anulará el considerable avance que el presidente Barack Obama empezaba a hacer contra el cambio climático. Y ésa, en el largo plazo, es la gran historia.

Después de todo, el cambio climático es una amenaza existencial en una forma en la que la contaminación local no lo es y que el equipo de Trump tome posesión del poder puede significar que hemos perdido nuestra última y mejor oportunidad para un esfuerzo internacional de cooperación para contener la amenaza.

Todos los que contribuyeron a este resultado, con mucho, debo decir, quedan incluidos los periodistas que elevaron a tema dominante en el reporteo de la campaña el problema, trivial en lo fundamental, de los correo electrónicos de Hillary Clinton, tienen parte de la responsabilidad por lo que puede terminar siendo un acto que acabe con la civilización. No, no se trata de una hipérbole.

Sin embargo, el cambio climático es una amenaza que se acumula lentamente y, en gran medida, es invisible, difícil de explicar o demostrar a la población en general ­‑que es una de las razones por las cuales los negadores del clima, fondeados con generosidad, han tenido tanto éxito en confundir el problema. Así es que vale la pena señalar que la mayoría de la regulación ambiental involucra a amenazas muchísimo más evidentes, inmediatas y, a veces, letales. Y gran parte de ella bien podría estar encaminada al olvido.

Hay que pensar en cómo era Estados Unidos en 1970, el año en el que se creó el EPA. Todavía era un país industrial, con aproximadamente una cuarta parte de la fuerza de trabajo empleada en las manufacturas, con frecuencia, con salarios relativamente altos, en gran parte debido a un movimiento sindicalista todavía fuerte. (Chistoso que en las promesas trumpistas de retornar a los viejos tiempos nunca se menciona esa parte).

No obstante, también era un país muy contaminado. Atragantarse de esmog era bastante común en las grandes ciudades; en la zona de Los Ángeles eran bastante frecuentes las alertas por la contaminación extrema que, a veces, iban acompañadas de advertencias de que hasta los adultos sanos deberían permanecer en interiores y moverse lo menos posible.

Ahora es muchísimo mejo, no es perfecto pero mucho mejor. Hoy día, para experimentar el tipo de crisis de contaminación que solía ser demasiada frecuente en Los Ángeles o Houston, es necesario ir a lugares como Pekín y Nueva Delhi. Y la mejoría en la calidad del aire ha tenido beneficios medibles y claros. Por ejemplo, estamos viendo mejoras significativas en la función pulmonar de los niños en la zona de Los Ángeles, claramente vinculadas a la reducción de la contaminación.

El punto clave es que el aire limpio no se dio por accidente: fue un resultado directo de la normatividad, misma a la que se opusieron, en forma implacable y a cada paso, los intereses especiales que atacaron la evidencia científica del daño por la contaminación, mientras que insistían en que limitar sus emisiones eliminaría empleos.

Estos intereses especiales estaban, como pueden imaginar, equivocados en todo. Los beneficios a la salud del aire más limpio son abrumadoramente claros. Entre tanto, la experiencia muestra que una economía en crecimiento es perfectamente congruente con un ambiente que mejora. De hecho, reducir la contaminación tiene grandes beneficios económicos, una vez que se consideran los costos de la atención de la salud y los efectos de una contaminación menor sobre la productividad.

Así es que la degradación de la protección ambiental que se avecina será algo malo a todos los niveles: malo para la economía, así como malo para la salud. Sin embargo, no hay que esperar discusiones racionales a ese efecto para convencer a la gente que pronto se hará cargo del gobierno. Después de todo, lo que es malo para Estados Unidos, todavía puede ser bueno para las gentes como los hermanos Koch. Además, mis corresponsales me siguen diciendo que discutir sobre política con base en hechos y cifras es arrogante y elitista, para que vean.

La buena noticia, más o menos, es que es probable que algunas de las consecuencias ambientales desagradables del trumpismo sean visibles, literalmente, bastante pronto. Y cuando retornen los días de aire malo, sabremos con exactitud a quién culpar.