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Días de luto | Cuchillito de palo | Catalina Noriega

  • Catalina Noriega

Para los católicos, hasta que no suenen las campanas de la Gloria. La conmemoración de la pasión y muerte de Jesucristo, revive lo acontecido hace ya tantos siglos y representa, con la Resurrección, la verdad más grande de nuestras creencias. El sueño, imposible para muchos, de tener un alma inmortal, trascendente a la desaparición del cuerpo.

Allá en el Vaticano, el papa Francisco preside las ceremonias del máximo milagro cristiano. Entero, a pesar de su edad y de los males que lo aquejan, reconfirma su carisma y liderazgo. El por qué llegó a la máxima investidura eclesiástica y, sobre todo, su personalidad de revolucionario, del sucesor de Pedro que busca el cambio.

Mover a una Iglesia, constituida por tantos millones de feligreses, pero en particular, por una jerarquía acostumbrada a irrespetar los fundamentos de su propia normativa, es un enorme reto.

Francisco Bergoglio debe sentirse solo, rodeado del anquilosamiento de algunos Cardenales, Arzobispos y Obispos, en plena cerrazón a la metamorfosis que era indispensable.

Llegó dispuesto a meter orden, donde la frivolidad, el despilfarro y la corrupción eran equiparables a cualquiera de las instituciones políticas, de tantos lugares del mundo. Tomó la determinación de meter la escoba y barrer una basura acumulada por décadas. Se echó a cuestas una tarea que parece inalcanzable.

Lo confirma la respuesta de la Arquidiócesis de México –que preside Norberto Rivera-, a través de un artículo que apareció en su semanario dominical. Se hizo referencia al discurso que el Pontífice les asestó a los obispos, reunidos en la Catedral, durante su visita a México.

Los puso de vuelta y media y los instó a dejar de ser “príncipes” y a estar cerca del rebaño y acompañarlo. Hizo hincapié en que se dejaran de divisionismos y las diferencias las arreglaran como hombres, de cara a cara.

Los sacó de quicio al destapar los profundos males que aquejan a quienes, alejados de sus obligaciones, han conseguido una importante disminución del número de católicos, en este país.

Se dice que la soberbia es el pecado que más agravia a Dios. Lo dicho en el artículo de “Nuestra Fe”, exhibe el grado en el que está presente en algunos que se atreven a autodenominarse, Pastores.

Lo que hicieron fue intentar eludir los señalamientos del Papa, atribuyéndolos a que “alguien lo mal aconsejó”. La afirmación es una ofensa para el Jesuita latinoamericano, que conoce a fondo la miseria humana de muchos clérigos. Está al tanto de la idiosincrasia autóctona, de la cultura común, de la hipocresía rebuscada y cortesana.

Sabe con exactitud la problemática que se vive en este continente y conoce al dedillo, la entrega a su vocación, de un alto porcentaje de sacerdotes, mientras un grupúsculo se dedica a la milonga y cuestiones peores, como la de ser o solapar a pederastas.

Está difícil que le tomen el pelo y, si reprochó el comportamiento de este irredento sector, fue porque está documentado. O, el misionero que comparte el sufrimiento de los marginados, ¿utiliza vehículos de lujo, chofer y hasta escoltas? ¿Vive como ricachón, mega atendido por unas monjas que tendrían que dedicarse a labores más productivas? ¿Anda en festejos de políticos, de empresarios y viaja como si fuera del jet set?

Deplorable el que sean incapaces siquiera, de aceptar el reproche con humildad. Esperemos que Francisco continúe moviendo los ancestrales cimientos y pueda ver el derrumbe de quienes jamás debieron recibir, ni las órdenes sacerdotales.

catalinanq@hotmail.com

Tuiter: @catalinanq

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