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Días de luz

  • Pasos de Diamantina: Lorena Avelar

Amanece perspicaz, un día soleado, con la luz entrando tras las gasas, desde mi habitación  escucho el bisbiseo de la ciudad que vive. El corredor del balcón se ilumina, sonríe, se despabila por el nuevo calor, color y horario. La tarde se vuelve eterna y complaciente, con un olor peculiar a flores y jazmines. La sierra sigue nevada y transparente, los amarillos, violetas y anaranjados pintan el ambiente, que recrea mi viveza conmovida.

Días de luz, rocíos matinales, de aguas  saladas, de frutos altivos casi inalcanzables, de colores pintados de belleza. Las ilusiones se desbordan,
son tantos días, tantas horas emanando locuras, que encerrarlas no puedo en esta jaula. Abro las puertas para acomodarla en el salón, en la baranda, vuelo libre y risueña,  disipada en un firmamento se esperanzas, es el halo de luz que choca en las molduras platino, en los cristales altos de las torres profundas que reclaman, en las azoteas baldías, con los gatos maullando en sus entrañas.

Luz de día, disipada y brillante como un astro, estas tan cerca que puedo acariciarte, en el rumor de las olas del mar percibo los latidos y en el arroyo silente escucho los delirios. Me pellizca, me gruñe, me grita y se disfraza de sonrisas, me transporta hasta su cielo, cálido, intimo y celeste.

Luz, claridad de un sol inoportuno, extraordinario refulgir que nos incluye, semejante a una armonía confusa, el ruido de las hojas y el murmullo, fresco, sonoro y continuado, a cuyo compás, vago y suave, vuelven a ordenarse las ideas y se van moviendo con más lentitud en una danza cadenciosa, que languidece al par de la armonía, hasta que, por último, se aguzan unas tras otras con Pasos de diamantina, como esos puntos de luz apenas perceptibles que de pequeños nos entreteníamos en ver morir en las pavesas de un papel quemado
indescriptible.