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Dignificación de la política

  • Mireille Roccatti

  • Mireille Roccatti

«ex concordia felicitas»*

Los procesos de las elecciones del año en curso en los Estados de Nayarit y Coahuila pasan prácticamente mediáticamente desapercibidas, ante la algarabía y estridencia en torno a la renovación de gobernador del Estado de México, por la importancia de esa entidad federativa debido a su número de población de cerca de los 17 millones de habitantes, a su posición política estratégica y a que en el pasado se ha considerado a la elección del gobernador del Estado de México como un ensayo previo para la elección federal que le sigue el próximo año.

Hubo un intento fallido de alianza entre el PAN y el PRD. El proceso de alianza política mexiquense solo quedó como factor sobre el cual se construyeron triunfos ilusorios y falsas expectativas democráticas.

Las alianzas políticas entre los partidos son prácticas usuales en las democracias parlamentarias o semiparlamentarias, mediante las cuales las fuerzas políticas partidarias -las más de las veces afines- se coaligan para alcanzar el poder o subir sus votaciones y por ende, acrecentar sus bancadas parlamentarias.

La esencia democrática de las alianzas es que permiten la convergencia en un programa de Gobierno que se oferta al electorado, basado en una plataforma de coincidencias ideológicas y que supone una alianza parlamentaria para modificar condiciones o leyes o un Gobierno de coalición para realizar transformaciones pactadas.

En el caso mexiquense, la fallida alianza entre el PAN y el PRD encontraba su mejor y única justificación en derrotar al PRI, soslayando que las alianzas político partidarias deben tener contenido y sustancia, que devengan en prácticas democráticas, que se construyan sobre una plataforma programática y se alcancen acuerdos para construir mayorías parlamentarias o Gobiernos de coalición para empujar el inacabado proceso de transición democrática.

Una vez iniciado el periodo de precampañas internas y que al parecer los tres partidos mayoritarios han designado a sus candidatos, hemos comenzado a testimoniar el inicio, solo el inicio, de lo que será el proceso electoral. Una degradación de la política, una verdadera guerra de lodo. Resulta muy desafortunado que esta despreciable práctica prevalezca en los comicios y se privilegien las acciones de descalificación y denostación del adversario, que se sustituya la competencia limpia con tretas de albañal. Que los argumentos se suplan con injurias. La verdadera y auténtica lucha democrática debe privilegiar el debate y las campañas electorales tienen que basarse en principios, valores, convicciones y propuestas.

La ciudadanía está hastiada, cansada, harta pues, de que la política se convierta en la ocasión para arrojar agravios al adversario, de deturpación del gobernante y no como debiera ser, de exposición de propuestas, de oportunidad de cambios, de esperanza de mejoría.

Otra arista son las campañas en las redes y mediáticas e informáticas y los spots de los partidos, que han iniciado y habrán de crecer, a través de los cuales todos buscan descalificar al adversario y llenan de oprobio las campañas.

Lo positivo es que los tiempos han cambiado, la gente no se deja engañar y cada vez se politiza más y se vuelve más participativa.
** «De la concordia nace la felicidad».