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Digno de nuestro desprecio

  • Paul Krugman

Paul Krugman

Donald Trump dijo más cosas repugnantes en el fin de semana. Si a usted le sorprende esto es que no ha estado poniendo atención. También, que no le sorprenda si una mayoría de los republicanos aprueban su ataque contra los padres de un héroe de guerra ya muerto. Después de todo, en una encuesta de opinión que levantó YouGov, se encontró que 61 por ciento de los republicanos apoya su llamado a que Rusia piratee a Hillary Clinton.

Sin embargo, ésta no es una columna sobre Trump y la gente que cree que está bien cualquier cosa que dice o hace. Es, más bien, sobre los republicanos -probablemente una minoría dentro del Partido, pero una significativa- que no son así. Se trata de personas que deberían honrar sus compromisos internacionales y, en general, sonar más como militantes normales de un partido político normal.

No obstante, una gran mayoría de estos republicanos que no están locos todavía apoyan a Trump para la presidencia. Y tenemos el derecho a preguntar por qué.

Cierto, una victoria de Clinton significaría una continuación del Gobierno de centro izquierda que hemos tenido con Barack Obama, lo cual sería una gran decepción para quienes quieren dar un giro hacia la derecha. Y muchas personas se han convencido de que, ideologías aparte, Clinton sería una mala presidenta. Obviamente, no estoy de acuerdo en lo de la ideología y si bien no sabremos sobre una presidencia suya mientras no se dé y a menos que suceda, encuentro que hay mucho que admirar en la verdadera Hillary, quien no se parece en nada a su caricatura. Sin embargo, eso no importa: aun si se es un conservador a quien verdaderamente le desagrada la candidata demócrata, ¿cómo se puede justificar escoger a Donald Trump?

Vamos a expresarlo de esta forma: ¿existe alguna razón para creer que una victoria de Clinton llevaría a un desastre irreparable? Porque esa es la pregunta que usted debería estarse planteando.

Habría que empezar por el problema menos importante (aun si se trata de mi especialidad), la economía. Presumiblemente, si usted es un republicano creerá que las políticas de centro izquierda -impuestos más altos a los ingresos más elevados, una gran expansión subsidiada de los seguros médicos, una regulación financiera más estricta- son malas para la economía. Sin embargo, aun si usted cree que la economía de Obama debería haber sido mejor, el hecho es que se han añadido 11 millones de empleos en el sector privado; los inventarios han subido muchísimo, la inflación y las tasas de interés se han mantenido bajas, y el déficit presupuestario se ha desvanecido.

Así es que no es un desastre y no existe ninguna razón para creer que una economía con Clinton también lo sería. Entre tanto, Trump está hablando sobre recortes fiscales extremadamente irresponsables, renegociar la deuda y destruir los tratados comerciales.

Si subimos en la escala de importancia, ¿qué hay de la seguridad? Aun si se piensa que Obama pudo haber obtenido mejores resultados bombardeando más y hablando menos, simplemente, no hay forma de pintar a Clinton -quien cuenta con el apoyo de muchos dirigentes militares retirados- como alguna especie de pelele de terroristas y agresores extranjeros. Entre tanto, su oponente habla de abandonar a los aliados de la OTAN, si no pagan y parece sentirse muy bien con el aventurerismo ruso en Ucrania.

Lo más importante de todo es la cuestión de la democracia interna.

Ya sé, a los conservadores les gusta quejarse de que Obama se ha excedido con su autoridad al, por ejemplo, utilizar la discreción gubernamental para retrasar algunas disposiciones de la Ley de atención asequible. Sin embargo, seamos serios: ninguna persona en su sano juicio, aun en la derecha, piensa que este presidente esté actuando como un dictador, ni que la mujer que él quiere que lo suceda amenazaría las libertades básicas. Por otra parte, cualquiera que observe a su oponente tiene que estar muy, pero muy preocupado con su vena autoritaria.

En resumen, aun si a uno no le cae bien Clinton o lo que ella representa, es difícil ver cómo se podría percibir su posible victoria con horror. Y es difícil ver cómo se podría ver una posible victoria de Trump de cualquier otra forma.

¿Cómo pueden, entonces, los republicanos racionales justificar el apoyo a Trump o siquiera permanecer neutrales, lo cual es, en efecto, darle la mitad de un voto?

Presumiblemente, para los republicanos de base se trata de los sentimientos. Al haberse pasado tantos años denunciado a los demócratas en general y a Clinton en particular, les resulta difícil admitir que alguien más pudiera ser muchísimo peor. Sin embargo, la democracia no se trata de crear impresiones; se trata de ejercer una responsabilidad. Y satisfacer las emociones en un momento como éste equivale a ser negligente en el deber como ciudadano.

Independientemente de cualquier cosa que uno pueda decir sobre el elector común y corriente, los verdaderos pecadores aquí son los dirigentes republicanos -las personas que como Paul Ryan y Mitch McConnell- apoyan activamente a un candidato que saben que representa un peligro para la nación.

No es difícil ver por qué están haciendo esto. Es probable que oponerse al candidato de su partido, sin importar cuán horrible sea, terminaría con su carrera.

Sin embargo, hay momentos en los que se supone que deben hacerse a un lado tales consideraciones. Es comprensible la disposición de apoyar a Donald Trump alguna que tienen algunas personas que debieron aprender a no hacerlo; pero, también es despreciable.