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Dirty Logan y los niños perdidos

  • La moviola/ Gerardo Gil

Una mezcla genérica que amplía las posibilidades del cine basado en comics y superhéroes es Logan (James Mangold, 2017). La película traslada al personaje de las historietas, Wolverine, creado por Len Wein, Herb Trimpe y John Romita Sr. a un universo fílmico mucho más amplio que el que da por obviedad el formato del que parte.

Si bien es cierto que el género madre es el cine de comics y superhéroes, para luego derivar en un western, anunciado con alguna obviedad en la trama, la película va también del cine hiperviolento con su homenaje arquetípico a Harrry el Sucio (Don Siegel, 1971), a un ambiente madmaxiano, con el cual roza la violencia distópica neopunk y se estaciona en los niños de Nunca Jamás y hasta Los Niños del Maíz (Fritz, Kiersch, 1984).

La jugada es tomar un personaje icónico del comic y trasladarlo a un universo mucho más amplio del lenguaje cinematográfico. Porque en Logan, no hay las grandes batallas ni el traslado de la viñeta obvia al filme, es un ejercicio de rigor genérico cinematográfico de mucho mayor calado.

Logan (Hugh Jackman) se sumerge en dudas existenciales, propias del comic actual y posmodernista, pero que rebasan la gran mayoría de las adaptaciones fílmicas del género. Hay por lo demás un dejo trágico en el sabor de la historia, que regresa al personaje a la concepción heroica original de la mitología de la cual parte.

No será la primera vez que el cine toma estas características psicológicas de los personajes de comics, pero ahora, hay una vocación de apego genérico cinematográfico que lo libera de sus cánones originales. El escenario y vehículo es la construcción fílmica y el pretexto el comic.

Es verdad que desde Superman (Richard Donner, 1978) la psicología de los personajes adaptados de comics se volvió si no más compleja, menos plana al llegar a la pantalla. Basta recordar las dudas existenciales de Clark Kent (Christopher Reeve) uno de los lev motiv de las primeras dos entregas de la saga, y que Burton y Nolan dieron profundidad a Batman en sus respectivas versiones de los personajes de DC Comics, jugando también con los géneros. En el primer caso enfocándolo más a una screwball comedy, en el segundo y tercero al film noir (base por lo demás de las series de la que parten), pero en Logan, los universos fílmicos per se, se ven más complejos y variados. Logan envejecido y cansado, en un futuro distópico, sobrevive manejando un taxi y peleando contra bad hombres (unos mexicanos gandallas que le quieren robar las llantas de su auto), mientras mantiene escondido al nonagenario Charles Xavier (Patrick Stewart) ya que la derrota de los mutantes se dio tiempo atrás.

La aparición de una mujer mexicana, Gabriela (Elizabeth Rodríguez), cambiará la inercia de su vida, ya que antes de morir asesinada, le encomienda cuide a una niña de 12 años, Laura (Dafne Knee), quien de manera misteriosa y para sorpresa de Logan manifiesta ciertos poderes.

Perseguido por lo que queda de las fuerzas antimutantes, ahora más violentas y comandadas por el vanidoso bien peinado Pierce (Boyd Hoolbrock), quien también quiere en su poder a la niña, Logan verá que su inútil y apagada existencia da un giro de tuerca drástico.

Con referencias cinematográficas que van desde El Transportador (Louis Letterrier, 2002) hasta una cita visual al western Shane (George Stevens, 1953) del cual toma mucho en su sinopsis, Logan rescata también el sino trágico mitológico de los superhéroes o personajes de comics en una de sus ramas principales: la tradición pagana.

Logan es la mirada más aguda y posmoderna, con su aire de derrota heroica que el género haya llevado a la pantalla. No es la aspiración a la grandeza, más bien, en una época de desengaño permanente, se asemeja a la resignación melancólica de la era trumpiana. Todo aderezado al personaje con aire de mártir, que rompe con la tradición clásica del héroe norteamericano.

Pero es a su vez, una revitalización del género, que le da posibilidades infinitas, por la forma en la que es presentado. El personaje trasladado a escenarios desconocidos y en evolución, que rebasan al volumen de filmes sobre el género. Un parteaguas.