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¿Disentir es abdicar? / Celia Gomez Ramos

“La rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos”. Alejandra Pizarnik
La textura. Cuando se piensa en el amor, normalmente se considera la suavidad de la seda o terciopelo, y habría de ser todo lo contrario, los máximos excesos.

Alevosía. Cuando uno está en las manos del otro y el otro se place en ello, y lo exprime o desgrana a ratos, con fuerza o precisión; a veces propina cierta dulzura. Si la alevosía tuviese textura, sería la de un erizo y en el peor de los casos, de un puerco espín.

Celos. Cuando no tienes el control -que nunca lo tienes-, pero llevas demasiado amor y has entregado bastante. Por si fuera poco, sabes aquello de lo que eres capaz o has hecho, y por ello te angustias. Te reconoces en el otro.

Desde luego, esa clasificación, diagnóstico, definición “arbitraria”, era para nosotras, las siete amigas que nos seguimos reuniendo cuando podemos, contra viento y marea, la que nos quedaba al pelo. A sabiendas de que funcionan para nosotras, con nuestras circunstancias, pero no para todos.

Así como es la vida, con sus historias y el punto de vista de cada quien, en un entorno específico. Y para las siete, a como están las cosas, nos parecía una total felicidad, haber sido en algún momento o situación, la oveja negra y por principio disentir.

¿Disentir es abdicar?, nos preguntamos entonces. Puesto que podría ser una especie de renuncia, de tremenda soledad por momentos, contribuyó también en su instante particular, para construir, solidificar la personalidad y no caer a la primera interpelación; aprendimos a tener respuestas y argumentos. El peso de las palabras y de las acciones, siempre ha sido para todas, algo que nos conmueve y también, nos compromete.

Frente a tanta revoltura y cantidad extrema de situaciones que se suscitan al mismo tiempo, en algún momento de nuestra existencia, se nos ocurrió que disentir a voz en cuello era la oportunidad de pensar, de encontrar la fisura. Ese por sistema preguntarse, cuestionar y repensar el camino.

No todo tiene que ser así, porque así estaba cuando llegamos al mundo, parece que pensamos desde niñas.

Recordábamos entonces, que aquel día que a una de nosotras le negaron la posibilidad en la escuela primaria, de jugar a saltar la cuerda; pues se le ocurrió llegar con un gansito en la mano y le preguntó a una de las que ondeaba la reata, de nombre Dulce Julieta -que seguramente no era tan dulce-, que si le daba podía jugar, y cuando dijo que sí, le pareció tan interesada, que le dio un puñetazo en los meros lentes y se los rompió. Desde luego, aclarar esto en la escuela, fue dificilísimo. Aunque después se hicieron amigas, cuando la mamá de la tal Dulce Julieta veía a la justiciera, decía a los demás padres, ahí va la niña que le rompió los lentes a mi hija.

En otra ocasión, Carlota también nos contó que ella nunca fue muy apta para mentir, pero que tampoco estaba de acuerdo con trabajar y que ni siquiera se le solicitara el trabajo o se le reconociera. Así que un día que pusieron una tarea muy difícil y el maestro no la requirió, ella pidió la palabra y delante de todo el grupo, preguntó al profesor si no pediría la tarea. Todos se le vinieron encima.

Una anécdota más, y todas ocurrieron en nuestra infancia. Formada en una fila en preescolar, a otra de nosotras se le cayó la moneda con la que compraría algo y un niño la levantó y por ningún motivo se la quiso devolver, no obstante ella le dijo que era suya. Aunque acudió a la maestra, no recuperó la moneda. La lección estaba aprendida. Pronto tuvo la oportunidad de que un niño, jugando en el parque, la molestara, y ella lo descalabró.

Así podría comentarles detalles de cada una de nosotras y del terror que pudimos ser en algún momento para los otros y aun para nosotras mismas, que no sabíamos que éramos capaces de tal o cual acción.

Reaccionar y no mantenernos calladas, nos hizo más fuertes y desde luego, nos permitió tener más tiempo para pensar, porque todos nos rehuían y nuestros padres nos sufrían, porque ellos habían de dar la cara, por más que nosotras diéramos nuestras razones; si es que las dábamos. De repente nos sentíamos apestadas, pero así aprendimos a no doblarnos a la primera provocación y también a no querer dar todas las batallas. En el sexo y en el amor, somos apasionadas y jugamos limpio. Nunca nos mostramos otras a las que realmente somos…, si acaso, hasta que se nos pulvericen los ojos.
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