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¿Donde quedaron la familia y sus valores?

  • Rebecca Arenas

Cuando analizamos las diversas estadísticas en nuestro país, trátese de niveles de empleo, acceso a la educación, índice de adicciones, vivienda, niveles de pobreza y desigualdad, por mencionar algunos, pocas veces caemos en cuenta que en cada uno de estos rubros, está ligado el tema de la integración familiar y los valores solidarios que la acompañan.

Un hecho reconocido por todos, es que el modelo convencional de familia en nuestro país, se ha venido transformando de forma notable en los últimos años; sea porque la madre tuvo que incorporarse al mercado laboral para ayudar al sustento familiar, y está muy poco en la casa, o porque el acceso masivo de las mujeres a la educación dio por resultado una forma distinta de percibir su futuro, antes limitado al cuidado de los hijos; o porque los avances científicos permitieron decidir a voluntad el momento del embarazo, o porque empezaron a crecer las familias uniparetales o las que tienen ambos padres de un mismo sexo.

Cada uno de estos elementos, o la suma de varios de ellos, ha provocado que en la actualidad el núcleo familiar en nuestro país, interactúe de forma distinta a la familia tradicional de estrecha convivencia y solidaridad entre sus miembros.

Salvo notables excepciones que confirman la regla de lo que esta sucediendo, las más de las familias que hoy advertimos, si bien viven bajo un  mismo techo, comparten pocos momentos en común, y muestran un profundo aislamiento entre sus miembros; poca o nula comunicación, y consecuentemente, poca o nula transmisión de valores familiares, muchas veces porque los padres actualmente no los tienen.

¿De donde abrevan conocimiento y orientación los niños y los jóvenes de las familias actuales en nuestro país, sobre todo los de las zonas urbanas? De la televisión, que no de los medios escritos porque poco leen; de las redes sociales; de la escuela en donde congenian con amigos en similares circunstancias; del trabajo, mal remunerado y escaso porque tuvieron que empezar a trabajar sin estar preparados, por tanto trabajos poco satisfactorios; del barrio, conviviendo con las más riesgosas compañías, dispuestas a influenciar a los más inexpertos en actividades de alto riesgo, etc. El común denominador que parecen buscar los jóvenes está en el exterior, cuando la casa esta vacía de momentos compartidos en familia, vacía de comunicación, y solidaridad.

Somos un país con grandes carencias, que cíclicamente los gobiernos prometen resolver, mientras la sociedad con creciente desconfianza y desapego, espera cruzada de brazos, a ver si ésta vez sí las cosas se componen. Así pasa el tiempo, los hijos crecen en el aislamiento, enfrentando sus propios retos, atenidos a su suerte, y se agrega un eslabón más de desconfianza e individualismo a las nuevas generaciones de familias, dejando sociedades divididas, rotas, aisladas, en donde el interés individual, el que sea, va siempre por encima del interés colectivo.

Esa es lamentablemente la situación que están viviendo muchas familias en nuestro país, con padres que han perdido gradualmente la conciencia de que los verdaderos cimientos de una sociedad distinta, generosa y solidaria se construyen en el núcleo familiar.

Más allá de cuestiones moralinas o religiosas, recuperar el rumbo del núcleo familiar como la verdadera y primigenia escuela de nuestros hijos, como un espacio de libertad que impulse el libre albedrío de sus miembros, evitando que sean manipulados, tendría que ser la prioridad de los padres de familia hoy día, para aspirar a una sociedad mejor. Se trata de una responsabilidad intransferible.

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