imagotipo

“Dueñez” del Patrimonio Público. La Voz de la IP

  • Valeriano Suárez / La Voz de la IP

  • Valeriano Suárez Suárez/ Vicepresidente del Estado de Derecho y Democrático de Coparmex
  • “Dueñez” del Patrimonio Público

Carlos Dumois es un reconocido consultor y asesor de empresas, padre del concepto de “Dueñez Empresarial”.

En palabras de Dumois: “El rol del dueño de una empresa es asegurarse que esta sea relevante, el rol de un director es asegurarse que esta sea eficiente”.

Para Dumois -en las empresas- se debe definir muy claramente cuál es el rol del dueño y, así mismo, el rol que corresponde al director.

Básicamente el dueño es quien traza el rumbo, aporta el capital, protege y busca incrementar el patrimonio y pide cuentas de resultados. El director es quien debe conducir a la organización en la dirección indicada (atendiendo al rumbo que determine el dueño), diseñar estrategias, tomar decisiones, resolver problemas y –en definitiva- hacer que las cosas sucedan.

“Un buen dueño ofrece seguridad y solidez a la empresa. A un director se le mide por los resultados obtenidos”.

Carlos Dumois concluye que una empresa sin dueño es una empresa perdida. El rol de dueño no se puede descuidar ni delegar: ”Entiéndase por rol del dueño como el acto de hacer efectivos los compromisos, facultades, derechos y obligaciones que le corresponden al propietario”.

Si transmitimos este mismo concepto de “Dueñez” a nuestro patrimonio público y estamos claros que éste patrimonio nos pertenece a todos, encontraremos que los dueños de México somos los ciudadanos. En este contexto, los servidores y funcionarios públicos equivalen a los directores y/o gerentes en las empresas.

Pero ¿Qué pasa con el patrimonio público cuando falta el dueño? Pasa que lo que es de todos no es de nadie y lo que es de nadie no se cuida ni protege. Se convierte en algo descuidado y abandonado.

Este descuido de los dueños de México se ha traducido en una desviación de los incentivos de muchos de nuestros servidores públicos. Básicamente quienes debían estar para servir a la sociedad se han enfocado a servirse de ella para alcanzar o preservar -a toda costa y a cualquier precio- el poder y mal administrar el patrimonio público con el objetivo distorsionado de gozar de privilegios e incrementar –desmedidamente- sus finanzas personales.

Solo así se entienden los niveles de corrupción, impunidad y simulación que hemos alcanzado en nuestro país y que se han traducido en una falta grave al Estado de Derecho y en la decadencia de gran parte de nuestras instituciones públicas.

Al observar muchos de los distintos indicadores que ofrecen organismos internacionales nos damos cuenta de que nuestros resultados (como nación) en temas trascendentales como pobreza, desigualdad social, estado de derecho, seguridad, corrupción, educación o salud, dejan mucho que desear y no corresponden al tamaño de nuestra economía ni al enorme potencial que tenemos como país.

En México contamos con muchos atributos, cualidades y singularidades. Así como también tenemos grandes áreas de oportunidad. La más importante, lo que más le hace falta a nuestro país, son mexicanos que exijan sus derechos pero que también cumplan con sus obligaciones y la primera que no se puede abandonar ni delegar es la de ejercer nuestro rol de dueños.

Afortunadamente la sociedad cuenta con un activo fundamental que consiste en sus organizaciones sociales: civiles, empresariales, de profesionistas, académicas, de derechos humanos, religiosas, etc.. . En definitiva: la sociedad organizada, a través de la cual debemos articular la función que, como dueños de México, estamos obligados, enfáticamente, a llevar a cabo. Entendiendo bien nuestro rol y dando el lugar que corresponde al rol que deben jugar nuestros servidores públicos. Todos los excesos conllevan un riesgo, pero tratándose de participación en la vida pública de nuestro país –implícito el grado de deterioro de nuestras instituciones públicas- vale más que como ciudadanos excedamos nuestros límites a que, por el contrario, nos sustraigamos de hacerlo y nos desentendamos.

A México le urge que los dueños tomemos la posición que nos corresponde y enmendemos -con diligencia- los equívocos incentivos de nuestros servidores públicos.  “Al ojo del amo engorda el caballo”.