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Economía y Política

  • Miguel Ángel Ferrer

  • Miguel Ángel Ferrer
  • Stalin y las calumnias de Kruschov

El 21 de diciembre de 1953 falleció el camarada José Stalin. Durante largo tiempo se dieron en todo el planeta enormes y masivas expresiones de duelo y reconocimiento. Lo mismo del pueblo llano, que de importantes personalidades. Filias y fobias aparte, había muerto el constructor de la segunda potencia industrial del orbe, el creador e impulsor de los exitosos planes quinquenales de desarrollo, el vencedor del fascismo, el notable creador, desde una situación de extrema ignorancia y en muy pocos años, de una sociedad educada y de creciente cultura. Había muerto el creador de la bomba atómica soviética, hecho que hacía a su país invulnerable a una nueva agresión, ahora termonuclear, del imperialismo.

Los reconocimientos al gran líder y estratega, provenían incluso de los principales dirigentes de Occidente. Winston Churchill y Franklin Delano Roosevelt, por ejemplo. Y de grandes pensadores como Norberto Bobbio, Benedetto Croce, Arnold Toynbee y Hannah Arendt. Y hasta el más célebre de los trotskistas, Isaac Deutscher, tuvo expresiones de admiración por el héroe fallecido.

Pero tres años después de la desaparición física de Stalin, se realizó el Vigésimo Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS). Y en el curso de éste, el primer secretario y sucesor de Stalin, Nikita Kruschov, dio lectura a un panfleto difamatorio, calumnioso y esencialmente falaz, conocido históricamente como “Informe Secreto”, destinado a ensuciar la imagen histórica del mariscal Stalin.

Una de esas calumnias fue afirmar que Stalin entró en severa depresión, inmovilidad y abandono de sus funciones de dirección, al producirse la agresión nazi contra la URSS. Pero es abundantísima la documentación histórica que retrata una situación absolutamente contraria: desde mucho antes y especialmente al iniciarse la Operación Barbarroja, Stalin se encontraba en febril actividad en la organización de la defensa del inmenso país.

Y lo mismo puede decirse de los muy anteriores preparativos para el traslado de la planta industrial soviética, desde el occidente hasta la región central de la Asia bolchevique. Desde las fronteras europeas hasta más al oriente de los Urales. Tan grande labor logística, como es obvio, no puede realizarse en unas cuantas semanas o en pocos meses. Esta decisión estratégica permitió a la URSS proveer de cantidades casi infinitas de material bélico para la defensa. A los rusos, según parece “no se les acaban nunca los hombres y el material bélico” reconocían amigos y adversarios.

Estos hechos, obvios y además bien documentados, echan por tierra esa otra calumnia de Kruschov que afirmaba que Stalin había confiado en la palabra de Hitler sobre sus inexistentes intenciones de atacar militarmente a la Unión Soviética.

Kruschov también afirma calumniosamente que la impericia militar de Stalin permitió el avance de los nazis hasta las puertas de Moscú, Leningrado y Stalingrado. Pero la verdad histórica es esencialmente contraria. Con enorme sagacidad e inteligencia estratégica, Stalin se negó a presentar batallas decisivas en el occidente soviético. Sabía que sería muy difícil derrotar a la poderosa maquinaria bélica nazi, cuando ésta se encontraba fresca, íntegra y con la moral muy alta, luego de sus rotundos éxitos en Europa.

Había que enfrentarla lejos de su propia casa. Dejarla adentrarse para enfrentarla con mayores posibilidades de victoria. Y tan sabia fue la estrategia de Stalin que, tres meses después, los nazis se estrellaron en los muros de las tres más grandes urbes soviéticas.

Los hechos, incontrovertibles, ponen de manifiesto la falsedad de los ataques de Kruschov contra Stalin contenidos en el “Informe Secreto”, verdadera biblia, desde 1956, del antiestalinismo y finalmente, del anticomunismo.
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