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Economía y Política

  • Luis Almagro y el salto del tigre
  • Miguel Ángel Ferrer

MIGUEL ÁNGEL FERRER

Las apariencias engañan, dice el aforismo clásico. Pero no se puede engañar todo el tiempo a todo el mundo. De ambas sentencias de la sabiduría popular es acabado ejemplo el señor secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro.

Este personaje tuvo alguna vez credenciales democráticas y progresistas. Fue, nada menos, secretario de Relaciones Exteriores de Uruguay en el periodo presidencial de José Mujica, un respetado representante de la izquierda uruguaya, latinoamericana y mundial.

Luis Almagro también fue figura importante en la creación y consolidación de dos verdaderas hazañas latinoamericanas: la Unasur (Unión de Naciones Suramericanas) y la Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños).

Ambos organismos nacieron con el concurso de Almagro para dar a las naciones de nuestra estirpe latinoamericana instrumentos de cooperación y desarrollo, tras décadas de fracasos en la materia de la OEA (Organización de Estados Americanos), organismo que, con sede en Washington, nació como un instrumento de dominio político de las naciones al sur del río Bravo por cuenta de Estados Unidos. No en vano el celebérrimo y prestigiado diplomático cubano Raúl Roa calificaba a la OEA como el Ministerio estadunidense de las Colonias.

Pues bien: con las credenciales democráticas citadas, un buen día, don Luis Almagro decidió dar el salto del tigre y pasarse con todo y bártulos al campo del enemigo: aceptó ser secretario general del Ministerio de las Colonias, la putrefacta OEA. La oferta debió haber sido tentadora para aceptar convertirse en dócil instrumento político del amo yanqui.

Y ya en su nuevo y jugoso empleo, no tardó Almagro en llevar a la práctica la agenda subversiva de Washington, poniendo manos a la obra en los esfuerzos desestabilizadores contra los gobiernos de la región insumisos a los dictados del decadente imperio: Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador, Nicaragua, Venezuela y, por supuesto, Cuba.

El más reciente lance desestabilizador de la dupla Washington-Almagro contra la región latinoamericana y caribeña se ha dado precisamente contra Cuba. Invitado por desprestigiados personeros de la contrarrevolución interna y externa, Luis Almagro había aceptado recibir un reconocimiento a sus tareas de ilustre cipayo, otorgado por la organización fundada por Oswaldo Payán, un agente contrarrevolucionario del ex presidente español José María Aznar.

Pero Luis Almagro no pudo cumplir sus órdenes. El Gobierno de Cuba le negó el permiso de entrada. De modo que los organizadores no pudieron contar con el aval y el respaldo del Ministerio de las Colonias, organismo que, incluso podrido y maloliente, es pieza importante para sus tareas subversivas.

Para paliar el fracaso de su perversa misión, Almagro dice que el único interés de su frustrada visita a la isla era el bienestar y el progreso del pueblo cubano, mismo argumento esgrimido por Estados Unidos durante más de medio siglo para derrocar al Gobierno cubano, para planear el asesinato de sus líderes y para organizar y ejecutar actos terroristas que han causado incuantificables daños a la economía isleña y abrumadores sufrimientos al pueblo de la isla. ¿Ese es el bienestar y el progreso que busca don Luis Almagro para el pueblo cubano?
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