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Economía y Politica

  • Miguel Ángel Ferrer

  • Miguel Ángel Ferrer
  • El nuevo cataclismo

La palabra cataclismo tiene el significado de catástrofe, de hecatombe, de calamidad, de desgracia mayor, de conmoción mayúscula. Cataclismo proviene del griego kataklysmós, inundación. Y es que durante milenios las inundaciones y sus consecuencias fueron las desgracias sociales más comunes.

Pero en el catálogo de los cataclismos sociales también estaban las recurrentes epidemias de diversas enfermedades que causaban grandes mortandades. Peste era el nombre genérico de tales brotes epidémicos. Se sabe que Alejandro Magno murió de paludismo, igualmente llamada malaria. Pero se ignora cuál fue la patología que se llevó a la tumba, a los 43 años de edad, a la mayor poetisa y pensadora mexicana, Sor Juana Inés de la Cruz. Pudo ser tifo o cólera. El escaso desarrollo del conocimiento científico de entonces no daba para tales saberes.

Las guerras, las sequías prolongadas, las inundaciones y otros fenómenos climáticos producían hambrunas periódicas. También las pestes amenazaban siempre la frágil existencia humana. El terror a cualquiera de esos eventos signaba tanto la conciencia social como la de los individuos. La cultura tradicional ha llamado a esos fenómenos “Los cuatro jinetes del Apocalipsis”: guerra, peste, hambre y muerte.

Hoy en día y gracias al avance científico de los últimos 200 años, han sido vencidos o menguados tres de esos jinetes. Las hambrunas son casos localizados y cada vez menos frecuentes. Los brotes epidémicos son ahora controlados y frenados con relativa facilidad. La viruela está erradicada en todo el planeta. La poliomielitis se encuentra a un paso de la erradicación. El sida ya tiene cura. Las vacunas previenen ya decenas de patologías antes mortales o invalidantes. Y a la muerte, inevitable, la ciencia le ha sacado del morral cuarenta años por individuo.

El jinete guerra, por su parte, parece invencible. Su gran promotor moderno, Estados Unidos, le da aliento permanente. Washington armó a Hitler. Washington masacró a Vietnam. Washington desató la guerra en Afganistán, Irak, Libia y Siria. Washington es el santo patrono de la guerra colonial que Israel lleva adelante en Palestina. Washington programa ahora mismo la guerra contra Venezuela, Rusia, la Corea socialista, Irán y China.

Y la guerra, además, tiene hoy un nuevo acompañante: el apocalíptico jinete llamado desempleo. Un jinete que provoca un terror social e individual semejante al que antiguamente producían los cataclismos climáticos y las epidemias. Ser desempleado conduce a la pobreza, a la subalimentación, a la dependencia económica, a sobrevivir de la caridad. A la caída de la autoestima, a la depresión, a la angustia, al suicidio. El desempleo es el nuevo cataclismo planetario.

La segunda guerra mundial produjo 50 millones de muertos. Veintisiete de ellos soviéticos. La gripe española mató a cien millones. El sida ya ha acumulado 30 millones de fallecimientos. La agresión yanqui a Vietnam se saldó con más de un millón de víctimas fatales. Cifras pavorosas, pero generadas en años o en décadas.

Ah, pero el desempleo supera a guerra y peste en número de víctimas, aunque no físicamente mortales. En el año 2015, el desempleo afectó a más de 200 millones de individuos alrededor del mundo.

En España, hasta hace pocos años una nación pujante y próspera, hay ahora mismo más de cinco millones de desempleados, con una tasa de parados superior al 25 por ciento de la población en edad de trabajar.

¿Hay tratamientos eficaces para el desempleo? Sí, por supuesto. ¿Existen vacunas contra el desempleo? Sí, desde luego. ¿Tiene cura el desempleo? Es claro que sí. ¿Por qué, entonces, la humanidad debe padecer, resignada, este nuevo cataclismo social?

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