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Egipto y México | Blanca Alcalá

  • Blanca Alcalá

México no es Egipto. Comparar dos países tan diferentes es tan inútil como pretender encontrar similitudes entre la Gran Pirámide de Guiza y el Templo del Adivino de la zona arqueológica de Uxmal. Así, lo dicho por el ministro de Relaciones Exteriores egipcio, Sameh Shoukry, es la clara expresión de que el ataque a turistas mexicanos en ese país fue un error de Estado del cual no tenían ninguna explicación.

Dijo el embajador que su país y México han sufrido violencia a gran escala aunque por diferentes motivos y piensa que por ello viajamos en un mismo barco, navegando en un océano tormentoso. Pues no, en México no estamos en guerra con nosotros mismos. Enfrentamos una situación de conflicto de carácter criminal producto del comercio internacional de drogas, del tráfico de personas, de la infiltración de los cuerpos de seguridad y de muchas otras circunstancias adversas, pero el índice de criminalidad muestra signos a la baja.

Cuando un Estado no se equivoca y utiliza su razón para justificar acontecimientos lamentables, como bombardear por un periodo amplio de tiempo una caravana de turistas en tres ocasiones, deja en claro que su estrategia fue someter antes que investigar.

Nuestra posición no es para criticar al pueblo egipcio, de hecho, nadie podría hacerlo. Pero al Gobierno de ese país, podríamos hacerle una larga relación de las diferencias de orden institucional, político y democrático respecto de nuestro Gobierno. Pero no es el caso y, desde luego, la diplomacia obliga a la pertinencia.

A nuestro Gobierno le preocupan las personas fallecidas en aquel país y, por supuesto, los sobrevivientes. Que mejor ejemplo que la visita de la titular de la Secretaría de Relaciones Exteriores de México, para hacerse cargo personalmente de todos los asuntos y aclaraciones, a pesar de la poca disposición inicial de aquel Gobierno para dar explicaciones sobre lo acontecido.

La diplomacia obliga a la pertinencia, por lo cual no fue de extrañar la reprobación unánime que tuvieron las declaraciones del embajador egipcio en nuestro país. De nuestra parte, la política por delante. No se trata de declarar la guerra, romper las relaciones diplomáticas ni de llamar al embajador a cuentas. Más bien, primero atender a los sobrevivientes, repatriar los restos de las personas fallecidas, exigir las indemnizaciones correspondientes con base en el derecho internacional y, después, cerrar el caso y valorar los resultados.

Tampoco se trata de retirar al embajador de México en Egipto para consultas, pues existen muchos pendientes que resolver aún. Manifestar nuestra indignación y reprobación ante los acontecimientos no significa que debamos responder con maltrato. Existen protocolos para enfrentar estas circunstancias lamentables y cuyo responsable está identificado en el cuerpo militar de aquella nación.

Un conflicto de esta naturaleza se resuelve por las vías institucionales. Nosotros no estamos en la condición de criticar la forma en que Egipto enfrenta a sus opositores, siempre que las vías se lleven a cabo bajo los términos del Derecho Internacional y del respeto a los derechos humanos. Cuando no sea así y nos corresponda, haremos uso de los instrumentos y mecanismos internacionales para pronunciarnos al respecto y exigir las sanciones correspondientes de parte de la comunidad de naciones.

Tenemos la expectativa de que el primer ministro egipcio ordene una investigación imparcial y transparente, que dé cuenta de los acontecimientos reales y se lleve a cabo el deslinde de responsabilidades correspondientes. Estamos seguros que eso proporcionará justicia a las víctimas del ataque y, seguramente, redundará en una mayor tranquilidad para el pueblo egipcio. Hubo un error que debe reconocerse ante la opinión pública mundial, además de resarcirse los daños a las víctimas.

México no es Egipto. No somos más ni mucho menos. Somos naciones de culturas milenarias, semilleros de la civilización. El pasado obliga a resolver el presente con base en la mejor disposición a la verdad y, aunque tenemos contextos muy diferentes, frente a un problema común, tenemos la obligación de resolverlo en la tesitura más fina del Derecho Internacional, sobre todo, por el respeto a las víctimas que, en este caso, todas son de la parte mexicana.