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El abandono del campo / Cuchillito de Palo / Catalina Noriega

  • Catalina Noriega

Salvo en algunos actos oficiales, poco se habla del sector campesino de México, atado a la carreta de la pobreza. Nos decimos grandes exportadores de productos agropecuarios, y en efecto, algunos poderosos hacendados disfrutan de fuertes ingresos. La mayoría de los hombres y mujeres, pegados a la tierra, apenas alcanzan a comer.

Algún nefasto politiquillo celebraba la devaluación del peso y decía que era muy benéfica para los exportadores. Le faltó decir al muy pingajo que la balanza entre exportación e importación, en el tema de los alimentos nos es desfavorable. O, ¿sabrá este jilguero demagogo, las cantidades de toneladas de granos del exterior, que necesitamos para subsistir?

Sexenio con sexenio, el de turno se compromete a apoyar al agro, impulsar su desarrollo y obtener la autosuficiencia alimentaria. Hasta ahora, palabras que se las lleva el viento.

La desesperanza, a nivel rural, ha sido factor determinante de la fuerte corriente migratoria. Los hombres se lanzaban a cruzar el Río Bravo, a costa de lo que fuera. Las localidades pequeñas, en algunas entidades de la República, perdieron a casi todos los varones y solo quedaron las mujeres, los ancianos y los niños.

Baja el ímpetu por correr al otro lado: las dificultades para cruzar la frontera y la persecución contra los indocumentados, a cargo de Estados Unidos, obliga a buscar otras opciones para sobrevivir en el propio territorio. No resulta fácil.

Para cultivar la mínima parcela se necesitan herramientas, de las que carece la mayoría. Desde los aperos de labranza, a los créditos esenciales para comprar semillas, los abonos y otros tantos gastos relativos a la siembra y cosecha, hasta –si se tiene una enorme suerte y se levanta lo esperado- el precio al que se podrá vender, siempre menor a lo que se invirtió.

Para hacerse rico hay que tener miles de hectáreas y todas las facilidades de las que disfruta el gran productor, como el almacenamiento, transporte, precios de garantía y hasta los mercados extranjeros.

Algunas comunidades agrícolas, mediante la unión de esfuerzos, logran el éxito. Conocí una en Guerrero, donde se producía sandía y melón de mucha calidad, cosechas que salían enteras a Japón. La fuerza laboral de los vecinos y la dirección de un amigo entrañable, les rindieron frutos.

Es difícil sacar adelante este tipo de arreglos comunitarios y los propios avatares de la agricultura hacen que se vea como algo no rentable. Menos cuando falla el apoyo oficial y se les deja a su suerte.

Desde hace décadas, en las sucesivas administraciones, el cargo de secretario del ramo, lo ocupan dos, cuando no más personas. Se coloca a un amigo y al par de años se le manda a otra encomienda, sin que haya continuidad en los programas, ni conocimientos del tema, ni interés en sacarlo adelante.

Las confederaciones campesinas también agonizan. Tuvieron su edad de oro, cuando se consideraban esenciales en el tablero de la política. Sus grandes movilizaciones y sus exigencias para regular los precios y la distribución, suponían un apoyo a los desprotegidos.

Las había de todos colores y sabores, lo mismo apegadas al PRI, que revolucionarias y de izquierda. A muchas se les persiguió, se les consideró subversivas y terminaron eclipsándose del panorama.

Es urgente recolocar el renglón agropecuario, como una prioridad nacional. En un país con tantos millones de pobres, el aliento a la productividad campesina supondría una reducción considerable de tantos marginados.

catalinanq@hotmail.com

Twitter: @catalinanq