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El adiós de Obama

  • Rosamaría Villarello

  • Rosamaría Villarello Reza

Está a unos días de concluir la presidencia de Barack Obama y escucharemos por última vez el mensaje que dará el próximo 10 de enero, en la ciudad de Chicago, que lo lanzó como candidato del Partido Demócrata. Seguramente será emotivo y nostálgico.

Cuando fue electo el todavía Presidente de Estados Unidos, millones de personas vimos la importancia de que un hombre como él asumiera el destino del país más influyente en el mundo y por ende, el que podría tener un peso mayor para asumir los grandes desafíos del incipiente siglo XXI.

Llegaba al poder con todas las cartas que lo hicieron merecedor del Premio Nobel de la Paz, por la esperanza que suscitó para un mejor futuro, según rezaban algunas líneas de la exposición de motivos para otorgárselo a un personaje que apenas iniciaba su mandato: sus ideas sobre el desarme nuclear, la paz en Medio Oriente y el cambio climático convencieron al Comité del Nobel, y, además, aunque no se hubiera mencionado explícitamente, era un gran avance para el tema de los derechos humanos su origen y raza. Obama sería el tercer presidente de Estados Unidos en funciones a quien se le otorgaba tal distinción; previamente lo habían recibido Roosevelt y Wilson mucho tiempo atrás. Sin embargo, dentro de su propio país causó controversia su designación, pues los opositores ya estaban listos para buscar obstruir los primeros logros que estaba alcanzando.

Si se revisa su trayectoria, coincido que es el Presidente más educado, más culto y más “decente” que ha pasado por la Casa Blanca; pero tal vez no fue suficiente y por múltiples otras causas, para que su partido repitiera al frente de la nueva administración.

En política interna sus méritos, aunque puedan ser efímeros, han marcado un precedente; son los avances en materia de educación pero principalmente la cobertura de salud para las personas más vulnerables económicamente, que suman millones, y que por primera vez tenían acceso a un seguro de esta naturaleza.

No sé si ello le alcance a Obama para mantenerse en el subconsciente colectivo de los norteamericanos que se han visto beneficiados de esas políticas, para continuar exigiendo al nuevo Gobierno mantener y mejorar esos beneficios.

Con todos sus claroscuros de acción e intención, también en política exterior, por cierto con los que también México fue impactado, puede que en una cultura de la civilización a la que aspiramos, sobre todo por la etapa de decadencia actual, echemos de menos a un hombre de la calidad de Obama, en comparación con el cual se tendrá infaliblemente que lidiar a partir del próximo 20 de enero. Lamentablemente algunas de sus medidas ya fueron tardías. Le ganó su buena fe más que actuar como un hombre de Estado.

Entramos a un nuevo ciclo indiscutiblemente, por lo que no nos sorprendamos encontrar numerosos artículos o letreros en el que en que aparezca la leyenda en muchas partes que digan: “Te extrañamos, Obama, regresa”.