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El agua

  • Pasos de Diamantina: Lorena Avelar

Es de noche y el palacio se ilumina, los cantos brillan, el agua los acaricia por encima. La luz de la tarde pone herrumbre dorado en el paisaje que se contempla desde esta baranda ilusoria y mística. Suena alrededor una muchedumbre a voz baja y hojas sobadas por el viento. El lugar está lleno de leyenda y de historia, las paredes dicen algunas cosas guardadas en secreto y el vino nace de su entraña para que el paladar lo deguste con deleite y regodeo.

El agua se admira como manifiesto, desde aquí surge el rocío, el manantial pausado, el recreo; el agua se apresura por llegar hasta el acantilado, por chocar contra el pétreo roquedal que lo limita con el aliento del dios que habita en sus entrañas.

El agua mira la luna entre los muros y el suspiro interior de las almenas que se disponen a dormir estremecidos. Se tiende en los bordes de los caminos y, la humedad de las orillas los refresca y los sosiega. La muralla araña a la luna y el río transcurre perfilando, sílabas sin sentido. El aire no pesa más, la luz extiende su película azulada; es solo una visión que perdura más allá de las piedras que brillan y remarcan.

El agua es seductora y hechicera, cierro los ojos y veo el efluvio que absorbe los reflejos, crepita entre formas de viento y piedra, sus paredes riman con el cielo, el cándido destello es hoguera, profundidad insondable que pliega su cresta en la alhambreña pupila.

El agua, es luna y sol, horizonte de labios, sensual ondulación de estelas, moja la lengua de la tierra escondida, cuenco de piedras preciosas, fulgor de los colores del alba. Despliega la noche una sombra bruñida con Pasos de diamantina, hasta la espléndida colina donde el palacio resplandece.