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El Agua del Molino

  • Raúl Carrancá y Rivas

  • Raúl Carranca y Rivas
  • Juárez el impasible

Se acaba de celebrar un aniversario más de la muerte de Benito Juárez, lo que me hace recordar un magnífico libro del gran escritor y político mexicano, nacido en Campeche, Héctor Pérez Martínez: “Juárez el Impasible”. ¿Incapaz de padecer o sentir? ¿Indiferente, imperturbable? Ha pasado a la historia como un hombre de sentimientos ocultos bajo la apariencia de una indiferencia absoluta. Se dice que solo le interesaba lo directo, lo inmediato, lo conveniente para la República, costara lo que costara. República ésa que él concebía como de acero, indiferente al peso de las emociones. Pero del libro de Pérez Martínez, si se lo lee con cuidado, aparece otra imagen que cobra vida página tras página.

Juárez fue un político señero, es decir, aunque único y sin par, solo, y por ende solitario, aparte del tránsito mundano. El devenir de las pasiones no interrumpía su pasión política. Ésta fue su única pasión. México se estaba construyendo en momentos de torbellino arrollador. Los intereses personales no tenían allí cabida. Los que hoy llamamos “negocios”, que ensombrecen la actividad política, no se concebían siquiera en medio de esa revolución, lo que no le quitaba condición humana a la empresa de los políticos que dedicaban sus esfuerzos vitales a la patria. Así nació o fue naciendo la Reforma, época de oro de los valores sociales de México.

Juárez fue un político selectivo, que implica capacidad de elegir lo mejor entre los mejores hombres de su tiempo. Por eso lo acompañaron en su empresa figuras sobresalientes en la historia nacional: Guillermo Prieto, Ignacio Manuel Altamirano, Ignacio Ramírez “El Nigromante”, entre otros, que le dieron lustre inigualable a la Reforma. Talento notable del gran político que fue Juárez para seleccionar afines en su concepción de México. Lo guiaba una idea que se ha ido deslustrando con el tiempo, perdiendo brillo en la conciencia de los políticos, la de un país consolidado jurídica y políticamente hablando. Hoy se suele gobernar entrelazado el gobernante a intereses que opacan la función pública, que la maniatan. Claro que México ha cambiado, es otro país. Pero uno se pregunta dónde ha quedado esa herencia de luminosidad política, de transparencia moral. No fueron dioses ni semidioses los hombres de la Reforma, con su gran guía a la cabeza. Sus defectos, que con persistencia y tozudez ha señalado Francisco Bulnes, son propios de todo  lo humano. Pero aquellos fueron políticos de excepción en cuanto vencieron lo circunstancial al amparo de una idea superior: salvar a México.

Juárez fue un político obstinado, pertinaz sin llegar a lo porfiado, que no le abrió espacio a las grandes distracciones de la política que suenan campanillas de oro a los oídos de los frívolos. De allí su llamada impasibilidad que no hay que confundir con indiferencia política. En rigor él no inventó nada sino que llevó su cultura y su inteligencia, su idea del Derecho, hasta el mundo de la política sentando las bases de una moral precisamente política. Herencia formidable que el transcurso del tiempo no puede opacar. Su famosa frase, tan recordada, “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”, pieza magnífica de su manifiesto después de la derrota de Maximiliano, es un resumen de lo que el hombre sabe o debe saber de memoria, pero que olvida. Es un recordatorio de la grandeza de nuestro destino social.

Juárez fue impasible, señero, selectivo, obstinado en su amor a México. Lo que hoy tiene un significado inigualable e incomparable como herencia política para México.
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