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El Agua del Molino

  • Raúl Carrancá y Rivas

  • Raúl Carrancá y Rivas
  • Bienvenidos a la UNAM

Lo que pasa en el mundo (Niza, sacerdote asesinado en Normandía, etc.) no se veía desde hace muchos, muchísimos años. Se trata de una descomposición moral trágica a la que México no es ajeno. Es una crisis sin paralelo -un retroceso a la venganza privada y a la barbarie- que nos pone sobre aviso de una crisis mayor, la del Estado de Derecho. Yo pronunciaré el próximo 7 de agosto un discurso de bienvenida a los jóvenes de nuevo ingreso en la Facultad de Derecho de la UNAM, y me he puesto a pensar muy seriamente en ello. ¿Cuál Derecho en medio de una ola de tal violencia? Porque, repito, México no es ajeno a ello con lo que vivimos aquí: descomposición moral, corrupción en la procuración e impartición de justicia, impunidad y aumento alarmante de la criminalidad. Pienso decirles a esos jóvenes que elegir una carrera, que se supone se ha hecho por auténtica vocación, es decir, por inclinación a una profesión pero también por convocación y llamamiento -quiero pensar que fueron convocados, citados, por el espíritu de la Universidad-, me hace recordar la muy célebre frase del gran jurista Piero Calamandrei en su Elogio de los Jueces Escrito por un abogado: “Para encontrar la Justicia es necesario serle fiel: como todas las divinidades, se manifiesta solamente a quien cree en ella”. Yo no me canso de repetir esta bella y elocuente frase, porque ella implica una especie de revelación del espíritu de la Justicia y en el caso de los estudiantes de Derecho del de la Universidad. Primero hay que creer en la justicia, tener fe en ella. Y si no se la tiene la vocación flaqueará volviéndose una mera afición. Serían entonces esos jóvenes aficionados del Derecho y al Derecho, sus amanuenses que no abogados ni mucho menos juristas; meros copistas de escritos ajenos, carentes del don de la creación y de la imaginación jurídica.

Sin embargo, la pregunta que se deben hacer es por qué se cree en la justicia, por qué se le tiene fe. Yo sostengo que credulidad y fe derivan, se desprenden, como la rosa de su tallo, de un convencimiento intelectual porque se ha razonado acerca de ello, ya que lo otro no sería fe sino fanatismo, o sea, tenacidad desmedida sin reflexión, mero apasionamiento sin substancia. En consecuencia, y en la hipótesis, carecería el abogado del alma de su profesión que lo mueve a defender el Derecho y la justicia. Y no hay que olvidar, les diré a esos jóvenes, que esa alma suele valer más que el mismo conocimiento puesto que inevitablemente lleva a éste; como tampoco hay que olvidar nuestro lema universitario. “Por mi raza hablará el espíritu”. Siendo que el espíritu habla en nuestra profesión, bien llevada y bien entendida, como en ninguna otra. Hay una célebre frase latina, que deriva de la fuente del Derecho Romano, Ius Semper Loquitur, y que lleva por nombre uno de nuestros auditorios. Es el ideal, que el Derecho hable, porque hablar en este sentido significa hablar con la verdad y, por lo tanto, con la Justicia. Pero la denigración de esta idea ha llevado a decir Ius Non Semper Loquitur, pues el deslustramiento de la palabra jurídica, que debe ser palabra cargada de cultura humanista y de enorme sensibilidad, hace desfallecer al Derecho. Los romanos de la época de oro decían que el abogado es Vir Bonus Dicendi Peritus, porque la palabra que usamos, que trabajamos, se teje como el hilo de las hilanderas míticas en la rueca de la inmortalidad. Y si el abogado no tiene respeto por la palabra, que en rigor viste al pensamiento, no tendrá respeto por el pensar que es su virtud esencial. Y terminaré diciéndoles: sean, pues, dignos del ideal que han abrazado; la meta está siempre más allá de lo inmediato.

¡Ojalá sea yo capaz de sembrar una buena semilla!
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