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El agua del molino

  • Raúl Carrancá y Rivas

La razón de ser de la ley

La razón de ser de la ley es circunstancial, lo cual no choca con los valores a cuyo servicio está y que son los que defiende y exalta. En este sentido incluso las constituciones dependen del tiempo, de su transcurso y dinámica, lo que observo que es por la creciente (¿alarmante?) presencia de nuevas leyes en el ámbito nacional. Sin embargo pasa aquí algo peculiar y que no ha sido visto ni estudiado con cuidado y que es el crecimiento demográfico, el aumento en la población sujeta a las leyes porque hay una relación directa entre ellas y las circunstancias de que hablo. No es lo mismo, digamos, legislar para veinte personas que para mil. Me explico. Cuando el mundo era más pequeño o menos grande, incluido nuestro país, las leyes eran más acatables por la población, se gobernaba con ellas, el pueblo las respetaba porque los resortes de la solidaridad, de la armonía social, no se habían roto. Hoy sucede lo contrario. Es tal la disimilitud y hasta la contradicción de opiniones derivadas de esa explosión demográfica que casi por impulso se desobedecen las leyes, violándose la norma que contienen; a lo que es de añadir el decaimiento o transformación de valores que implica un cambio radical en la percepción de la vida y en la manera de vivirla.

Ahora bien, acatar la ley parte de un punto neurálgico en la conciencia o voluntad del hombre, que es la obediencia. Habría que indagar las razones psicológicas de ésta, pero no es el momento. No obstante es de pensar que la crisis de la obediencia tiene su origen en la familia, en su seno y núcleo fundamental. Hoy en la familia ya no es la obediencia un personaje principal, lo que significa que el hábito de obedecer ha perdido peso y posiblemente substancia. Pero si transformamos este elemento, si lo ubicamos en el individuo adulto, él verá la ley como un mandato a esquivar entre otras razones porque la ley es la normatividad social, emanada del poder, que le representa una normatividad fuera de uso, puesta en entredicho. Si atamos cabos llegaremos a una conclusión, a saber, que han caducado a su juicio tanto el poder familiar como el público y social. En este orden de ideas hay dos crisis, la de la familia original y la de la familia social. La solidaridad, aquí, carece de sentido. Por lo tanto el error más grave es suponer que con la ley, con la sola ley, se pueden remediar los grandes problemas sociales. Lo evidente es que antes de la tremenda explosión demográfica que hoy padecemos la ley venía de arriba, del poder constituido, hoy tan cuestionado igual que las raíces tradicionales de la democracia. En la actualidad habría que pensar en cambio en un proceso inverso, en que por decirlo de alguna manera la ley venga de abajo, de la propia sociedad, de sus ingentes problemas y necesidades, para irse elevando hasta el espacio del Poder Legislativo (Foucault maneja la idea de que el pueblo legisle de manera indirecta). En palabras más sencillas: que se legisle teniendo en cuenta la viabilidad real de la ley, su capacidad de influir en la sociedad y de resolver problemas. Porque el discurso que inquieta es el de que a problema reconocido se piense inmediatamente en enfrentarlo con una ley, como si la ley lo pudiera todo en una sociedad tan compleja como la nuestra, macrocefálica hasta el extremo. Claro, el fenómeno que en tales condiciones se observa es el de la inutilidad de la ley junto con el de su desobediencia o violación. En suma impunidad. No hay que dudarlo, las leyes seguirán siendo imprescindibles en la medida en que sean necesarias por su condición y naturaleza de influir en la sociedad. Por otra parte lo negativo es gobernar a base de leyes, confundiendo la legislación con el acto de Gobierno y pervirtiendo el verdadero sentido de la democracia.

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