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El Agua del Molino

  • Raúl Carrancá y Rivas

  • Raúl Carrancá y Rivas
  • El debate

 

El famoso debate entre los candidatos presidenciales de los Estados Unidos Hillary Clinton y Donald Trump, llevado a cabo el pasado lunes 26 del presente mes, pone de relieve la excepcional importancia, desde los orígenes de la democracia occidental en Grecia hasta el día de hoy, de la oratoria política; es decir, de la palabra hablada, pensada, dicha. La historia ha sido trazada, antes que realizada, por la palabra. Grandes y excepcionales discursos han sido el punto de partida de sorprendentes episodios históricos. Sin embargo la palabra es un arma de dos filos y lo que pasó el lunes 26 lo demuestra plenamente. A la gran expectación mundial por el debate, a la espera curiosa y tensa, sobrevino la primacía, en ambos contendientes, del mero altercado verbal, de la verdadera contienda y lucha entre dos aspirantes a la presidencia de su país. No hubo sorpresas oratorias. Muchos de nosotros esperábamos, más en Clinton que en Trump, el dominio de la palabra ágil, elocuente, cargada de esa electricidad que, por ejemplo, en el Presidente Kennedy o en Martin Luther King nos hicieron apreciar el enorme valor del verbo político anglosajón. En estos últimos sus grandes acciones que cambiaron la historia fueron precedidas por la palabra que sorprende y alerta, que entusiasma, emociona y hace pensar.

Ahora bien, debatir es en esencia discutir presentando opiniones diferentes, lo que se puede hacer con elocuencia o sin ella. En el debate no siempre se hallan presentes los atributos de la oratoria, del arte de hablar con elocuencia, es decir, de deleitar, de conmover y obviamente de persuadir. Desde mi punto de vista ni Clinton ni Trump persuadieron a su enorme auditorio. El electorado fue informado, lo mismo que el mundo entero. No niego que Clinton, me parece, hizo gala de una dosis de astucia bien calculada. ¿Pero el mundo quiere argumentos astutos en estos momentos? La palabra elocuente tiene el privilegio de despertar ideas aparte de emociones, sin olvidar que la emoción es la puerta que se abre frecuentemente al camino de la determinación, en el caso política, para elegir a uno de los presidentes más poderosos del mundo. Si yo fuera elector norteamericano hubiera quedado decepcionado en este sentido. Planteadas así las cosas una pregunta fundamental, a mi juicio, es la siguiente: ¿sobre qué bases los estadunidenses van a elegir presidente? ¿Sobre la información? ¿Sobre una casi ininterrumpida serie de datos? ¿Sobre las escaramuzas de insultos e injurias velados por una aparente prudencia? ¿Sobre refriegas de aparente poca monta pero que no revelan la fuerza de un futuro estadista a nivel mundial? Creo que no debemos olvidar que la elección estadunidense tiene una repercusión mundial que a todos interesa o afecta. Sus consecuencias pueden ser, incluso, impredecibles. ¿Y en manos de quién estaremos, si cabe este término de proporciones globales? ¿De la pasión incontrolada? ¿Del coraje simulado? ¿Del golpeteo constante para llegar a un fin, a una meta? ¿O en manos de una experiencia llena de información y atada, seguramente, por compromisos de toda clase? No se dilucidó en el debate. Todo quedó envuelto en una nube de confusión controvertida. Yo esperaba de Clinton, igual que millones de personas en el mundo entero, el manejo de una inteligencia aguda, por supuesto elocuente, que le ha ganado -¿verdad o leyenda?- el prestigio de ser la colaboradora imprescindible de un magnífico presidente, su marido. Pero vi y escuché otra cosa. Vi desde luego la sonrisa bien manejada, oportuna ante ataques inoportunos. Pero no presencié -reconozco que faltan dos debates- esa clase de palabra, de plano de discurso, que ha ocupado en ocasiones sobresalientes la tribuna norteamericana. Y añado, por último, que no es que el mundo necesite palabra altisonante -¿palabrería acaso?- para salir del sopor que lo agobia, de un adormecimiento peligroso, de una indiferencia mal disfrazada. La humanidad quiere ser sacudida por la idea para luego reaccionar, decidir y tomar partido. Hasta ahora tenemos dos candidatos -tienen los estadunidenses- muy comprometidos con su status quo. O sea, han debatido dos opciones que no develan la incertidumbre que hay detrás del telón que tiene en ascuas al mundo. No obstante, faltan aún dos debates.

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