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El Agua del Molino

  • Raúl Carrancá y Rivas

  • Raúl Carranca y Rivas
  • Rock Nobel

En artículo anterior me referí a Roger Waters y a su participación artística en el Zócalo de la Ciudad de México. Lo que nunca supuse, igual que muchísima gente, es que su Pink Floyd, su música psicodélica y sus canciones de alto contenido filosófico, incluida la calidad literaria, lo pudieran hacer acreedor al Premio Nobel de Literatura; lo cual sí ha sucedido con el ícono del pop Bob Dylan. No dudo que sus canciones tengan, repito, calidad literaria. Las desconozco pero me pregunto si un conjunto de canciones de ese tipo, por más numerosas que sean, merecen ese reconocimiento. El hecho es que la Academia Sueca ha implantado un nuevo criterio en la especie, a saber, que el premio de literatura se le pueda dar a un músico. ¿Se le podría dar a un literato, si lo hubiera, el premio mayor de música en el caso de que fuera una especie de trovador medioeval, poniendo en boga un género reluciente en su tiempo pero ya olvidado? No omitamos el papel que tuvieron los trovadores, junto con los juglares y ministriles, en la historia de la literatura. Transcribo ahora una canción de Dylan, como muestra de su trabajo literario. “Ustedes, que fabrican las grandes armas/ Ustedes, que construyen los aviones de la muerte/ Ustedes, que construyen todas las bombas/ Ustedes, que se esconden tras los muros/ Ustedes, que se esconden detrás de escritorios/ solo quiero que sepan/ que puedo verlos a través de sus máscaras”. Y como ésta canción -me refiero al tono- escribió varias a lo largo de su carrera. ¿Es un poemario? No conozco los razonamientos de la Academia Sueca para conferirle el premio a Dylan. Sin embargo el asombro ha sido tan grande como la noticia.

Ahora bien, creo que la Academia pudo haber fundado su fallo en cualquiera de las siguientes razones. Primera, para rescatar en los tiempos que corren y en medio de una verdadera revolución en los medios de comunicación (internet, redes sociales) una tradición centenaria y que hoy parece cobrar actualidad, la de los juglares. En efecto, abundan los llamados cantautores que transmiten, precisamente, mensajes filosóficos, poéticos y de protesta social. Los hay buenos, regulares y malos. De entrada y reconociendo su trabajo que obviamente atrae mucho público pienso que están lejos del verdadero esfuerzo literario, de la labor literaria que se ha manifestado y se sigue manifestando en la novela, el ensayo y la poesía. Por lo que sé de ellos se revelan en dosis pequeñas en cuanto a su contenido, al margen de que su producción pueda ser vasta en cantidad. No se distinguen, salvo excepciones, por su cultura que no mera asimilación de datos o información. La cultura es otra cosa, lo que se va quedando en la conciencia y que es una especie de decantación, separando lo leído del poso de la memoria y vertiéndolo en el recipiente del alma. Eso es cultura, privilegio de espíritus muy selectos. Los juglares de hoy atraen un enorme auditorio porque la gente ve en ellos un espejo fiel de sus inquietudes, gustos y convicciones. ¿Pero son grandes literatos? Y la segunda razón del fallo de la Academia estriba, a mi juicio, en un reconocimiento de ese público ansioso, sediento de emociones. En este orden de ideas no hay autor sin lectores, ni cantautor sin escuchas, sin gente comprometida con él, de tal suerte que reconocer ese público es darle un vuelco de noventa grados a la afición literaria, al gusto por la literatura. Es rescatar a una especie de público cautivo que no lee porque se halla hundido en la celeridad de nuestro tiempo. Es un público que escucha, que oye con la sensibilidad a flor de piel. Paso audaz el de la Academia pero que parece corresponder a nuestra época. Yo lo acepto a condición de que los nuevos juglares no substituyan jamás el encanto, la magia, el hechizo embelesador, espiritual, del arte literario. Novela, ensayo, poesía, drama, han sido, son y serán expresiones de lo más humano entre lo humano. Son toques de viento tibio en las almas gélidas, espíritu alado en un mundo aferrado a la materia. La lista se agranda: ensayistas, novelistas, poetas, dramaturgos y hoy cantautores. Ojalá sea para beneficio de las almas adormecidas por la modorra de la apatía.

 

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