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El Agua del Molino

  • Raúl Carrancá y Rivas

  • Raúl Carrancá y Rivas
  • El mito del fuero

 

Imaginemos, solo por imaginar, que un gobernador, senador o diputado, están en las funciones de su encargo o bien han pedido licencia, es decir, que siguen siendo funcionarios. Y en tal virtud invocan el supuesto privilegio del fuero, o en su caso lo invoca la autoridad como impedimento para actuar imputándoles responsabilidad o la posible comisión de un delito. Al respecto he insistido aquí muchas veces en que se lea con cuidado el artículo 13 de la Constitución, el cual prescribe que “Ninguna persona o corporación puede tener fuero”. Precepto terminante, categórico, y que se halla en el Capítulo I de la Carta Magna correspondiente a los derechos humanos y a sus garantías. Por eso es o sería inaceptable desconocerlo, substituirlo o pretender ignorarlo con un artículo posterior que lo desconociera. Sin embargo ese es el caso del artículo 61 de la propia Constitución que a su vez prescribe que “El presidente de cada Cámara velará por el respeto al fuero constitucional de los miembros de la misma”, absurda dedicatoria específica que deja fuera a otros funcionarios (ministros de la Suprema Corte, magistrados, diputados locales, secretarios de Estado, etcétera) que pretenden tenerlo. He sostenido y sigo sosteniendo que el citado artículo 61 no contiene una excepción a la regla sino una verdadera contradicción, que es cosa muy diferente de acuerdo con la lógica. Es una contradicción en la Ley Suprema, aunque algunos jugando con las palabras gocen para negarlo.

Ahora bien, el absurdo llega disfrazado hasta el Título Cuarto de la Carta Magna, reduciendo de alguna manera su inconstitucionalidad pero conservando un privilegio en rigor inaceptable. En efecto, se trata aquí en lo concerniente al juicio político y al procedimiento penal de la que se conoce como “declaración de procedencia”, que son requisitos para que la Cámara de Diputados acuse y la de Senadores se erija en jurado de sentencia. Lo que inconstitucional y legalmente hablando le arroga a la primera funciones de fiscal o ministerio público y a la segunda de juez. ¿Por qué todo esto no se ha revisado? Pregunta que queda en el aire. En conclusión, el fuero es un mito, un absurdo al que se le atribuyen cualidades ya superadas, un privilegio fuera de tiempo y lugar si nos atenemos a la letra y fondo del artículo 1º de la Constitución que consagra derechos humanos y garantías. En suma, esos “hipotéticos” funcionarios a los que me refiero al comienzo de mi artículo no pueden reclamar algo de lo que carecen, ni mucho menos la autoridad reconocérselo. México está cansado, agotado, indignado de funcionarios ladrones, desfalcadores del erario, cínicos y crónicos engañadores del pueblo. Desvergonzados y descarados que derrochan el dinero ajeno. La autoridad, el Ministerio Público, tienen la obligación constitucional, legal y moral de entender y aplicar el contenido de la Carta Magna. Y llegado el extremo que el asunto llegue hasta los tribunales, e incluso hasta el más alto nivel de ellos. Porque México se halla al límite de la tolerancia. El Ministerio Público no debe acogerse a un mito. La ley es muy clara y ordena que si éste tiene conocimiento -por pruebas evidentes o indicios fundados- de la posible comisión de un delito, que definirá y determinará la autoridad judicial, ha de actuar de inmediato promoviendo la reparación del daño y poniendo el asunto en manos de ella. Y si no lo hace incurre o incurriría en una responsabilidad mayúscula. Es la autoridad la que debe decir ¡BASTA! antes de que el pueblo lo diga. En ello está de por medio el prestigio de México y de los mexicanos. Y algo más, la tranquilidad social, la paz a la que tenemos derecho, la eliminación de la violencia y, por lo tanto, la ausencia de impunidad y complicidad. No queremos ver a los ladrones huyendo de sus propias fechorías y al mismo tiempo gozando de lo mal habido con un descaro que ofende, rindiéndole tributo a la lujuria, al exceso sin límite. Y si el fuero es un mito no lo deben ser el Derecho y la Justicia.

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