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El Agua del Molino

  • Raúl Carrancá y Rivas

  • Raúl Carrancá y Rivas
  • Los dos Estados Unidos

 

Una de las grandes lecciones del triunfo de Trump es que Estados Unidos no es un país sino dos, y esto de manera impresionante habida cuenta de su historia y de su tradición política. Se han cimbrado, a mi juicio, los fundamentos de la gran Constitución de Filadelfia. ¿Dónde quedan? Sin embargo, ha hablado el pueblo “We, the people”. No es que Hillary Clinton fuera la candidata demócrata ideal, aunque estuviera apoyada en principios jurídicos, políticos y constitucionales de relevancia universal. Pero el triunfo de Trump es impresionante porque demuestra la fuerza, el poder, de una serie de complejos, temores, odios, que en nuestro vecino país han echado raíces muy profundas. Todo indica que el radicalismo del presidente electo, su marcada xenofobia, su ferocidad verbal, no sólo fueron un recurso retórico de campaña. Revelan la presencia de un país marcado por una agitación moral -¿o inmoral?- sin precedentes visibles en la historia norteamericana. ¿Qué ha pasado allí para que el enfrentamiento de clases, el desprecio a las llamadas minorías, la intransigencia, le dieran cabida a un triunfo en verdad escandaloso y cargado de presagios funestos? Trump despertó lo negro de la conciencia estadunidense.

Ahora bien, más allá, mucho más allá de los problemas económicos hay en el país del norte una evidente desavenencia de valores, enfrentándose brutalmente los positivos con los negativos y agitando la conciencia de ese país. Es lo mismo que sucede con muchos seres humanos donde luchan entre sí dos fuerzas. Lo innegable es que en los Estados Unidos ha predominado la aversión a su “sistema” -bandera de campaña en las filas de Trump- muy a pesar de la retórica obscura, combativa, intransigente que caracterizó al entonces candidato. El nuevo presidente ha despertado el fantasma de la inconformidad más radical, sin miramientos de ninguna especie en su relación con el resto del mundo. ¿Qué podemos esperar? La cautela aconseja que aguardemos para ver qué pasos da el recién electo mandatario, que aguardemos prudentemente para ver si la retórica combativa le cede sitio a una política internacional, sobre todo con México, en que no se lastimen intereses comunes que finalmente perjudicarían a ambos países. La palabra altisonante, incluso injuriosa, no tiene el poder inmediato de cambiar la realidad que pesa más que ella. Lo contrario sería punto menos que catastrófico. Trump, en medio de su triunfo, ha obtenido una victoria paralela: tener al mundo entero expectante si es que no en vilo. La indecisión, la inquietud, la zozobra, recorren el planeta. Ha sido una sacudida sin precedente. No obstante es posible -deseable- que él transforme su discurso de campaña acomodándolo a la realidad, disminuyendo su fuerza y sometiéndolo. El furor de la retórica se puede y debe aplacar. Lo aconsejable es aguardar. Sin embargo nuestros principios han de ser inalterables. La cautela no riñe aquí con la firmeza. Yo no diría que se avecinan días aciagos para México, pero sí los más difíciles de los últimos tiempos en nuestra relación con los Estados Unidos. Aparte queda la enorme influencia que el triunfo de Trump tendrá en el proceso electoral de 2018. Sin duda cambiarán al respecto nuestros parámetros, igual en la estrategia política que en la selección de candidatos. Si es factible en el caso hablar de enemigo, lo tenemos a la vista: la xenofobia, el puritanismo intransigente, el rencor, los “candados” en las fronteras, la visión de una economía llamada preferente (para ellos). Es la hora, en consecuencia, de la unidad entre nosotros, de una visión conjunta del panorama. Es la hora de fortalecer lo que somos. No olvidemos que los Estados Unidos cuentan con dos fuerzas que los han apoyado e impulsado desde su fundación: la estabilidad de sus instituciones y su gran tradición democrática, equivalente de sus principios políticos. Ambas innegables y, esperemos, que muy por encima de los hombres.
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