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El Agua del Molino

  • Raúl Carrancá y Rivas

  • Raúl Carrancá y Rivas
  • Fidel Castro

Una señal inequívoca de que ha fallecido un personaje político de primera magnitud histórica es, a mi ver, la inmediata disimilitud de opiniones, de juicios sobre el personaje. Unos positivos, otros negativos, unos con calificaciones de excelsitud, otros con diatribas que casi llegan a la injuria. Luz y sombra. Esa es la historia. Lo que se olvida es que se está juzgando a un hombre, a un ser humano, luz y sombra también. Hay casos en que predomina lo negativo; un Hitler, por ejemplo. Pero los hay, toda proporción guardada, en que lo bueno y lo malo se alternan, inclinándose el fiel de la balanza hacia uno de los lados. En la política no se piden santos, lo que sería imposible, sino hombres o mujeres con visión histórica, conocedores de la realidad humana, de sus vicisitudes. La propia historia nos ilustra con notables ejemplos. Al respecto me vienen a la memoria dos, que son emblemáticos en lo que digo: Julio César y Napoleón. En ellos los contrastes fueron muy marcados. Sin embargo, el bueno, el positivo, el que dejó una huella positiva es el que resalta con el transcurso del tiempo. En una especie de lienzo ilustrativo podríamos ver los horrores que fue sembrando Napoleón por toda Europa, inevitables en la dinámica de la historia, junto al famoso código napoleónico y a la consolidación que logró de los ideales de la Revolución Francesa. ¿Y Julio César no fue asesinado por ser un dictador, por despreciar los principios básicos de la democracia que con pasión volcánica defendiera su amigo Cicerón? A la historia hay que acercarse con respeto y desconcierto. ¿Estaba solo en su ensimismamiento asesino el hombre que disparó sobre Lincoln, diciendo “Sic semper tyrannis”, frase atribuida a Marco Junio Bruto?

La historia habla varios idiomas. Fidel Castro, por supuesto, no escapó a esas reglas inalterables de la condición humana. Lo que pasa es que en un hombre, sea quien sea, se dedique a lo que se dedique, hay que distinguir el conjunto, y más en un político de envergadura. A pesar de las dificultades, de la falta de diafanidad, se debe hacer. Hay que juntar las partículas de diversa naturaleza, ¿pues quién de los humanos es uniforme en su naturaleza? La personalidad tiene varias aristas, distintas facetas, incluso la de los santos antes de su proclamada santidad. Es por ello que fallecido un personaje político hay que ser prudentes y darle tiempo al tiempo. La precipitación es aquí injusticia y molestan los juicios acalorados, candentes por el coraje, lo mismo que la rabia mal contenida o los  rencores. Herodoto aconsejaba que la cautela, la reserva inteligente, es la mejor linterna para iluminar los recovecos de la historia. Voy a lo siguiente. En el caso de Fidel Castro hay luces y sombras, e incluso obscuridad. En este sentido yo no creo que perdure lo negativo. Se podrá recordar, eso sí, aunque sometiéndolo a la bruma del olvido, que muy a menudo envuelve los finos hilos con que teje la memoria humana. Pero el grito de unidad e independencia de Bolívar, de Martí, de Juárez, que en Castro se volvió alarido, fue el único que se escuchó con clamor inusitado en nuestra América y frente al imperialismo de ciertos sectores, dominantes, de la política exterior estadunidense. Vehemencia histórica, única, al grado de que en la segunda mitad del siglo XX ha marcado un hito en la historia de Iberoamérica. Las consecuencias de esto se hallan a la vista. La pasión es el peor enemigo de la historia, nubla el juicio y aniquila la reflexión. Hay que esperar, lo que no impide un balance inmediato de lo positivo. Castro fue la voz elocuente de una Iberoamérica oprimida por el imperialismo político y económico, fue la acción para enfrentarse a él, fue la persistencia, la firmeza y constancia que dura largo tiempo. Y hubo que pagar un precio muy alto, que lo llevó a la dictadura. Fue el gran costo. La historia decidirá en su momento -¿lo juzgará?- aquilatando todos los aspectos de su quehacer político. Yo pienso que aquí hay que dejarla, sin arrebatárselo, hacer su trabajo.
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