imagotipo

El Agua del Molino

  • Raúl Carrancá y Rivas

  • Raul Carrancá y Rivas
  • Evaluación educativa a la UNAM

Profesor Emérito de la UNAM

Ascendimos en la evaluación educativa a la UNAM. En la instalación del Consejo de Evaluación Educativa (CEE), llevado a cabo en septiembre pasado, el rector Enrique Graue Wiechers dijo que “ser bien evaluados implica que nuestros planes y programas se canalizan adecuadamente, que los muchachos aprendan a hacer y ser, y no necesariamente, a pasar exámenes”. De acuerdo, porque la adecuación del caso no se satisface con ser exclusivamente formal (pasar exámenes) sino substancial; y me parece muy acertado, al respecto, el camino de que los jóvenes estudiantes hagan y sean, dos conceptos que a mi juicio son, digamos, de naturaleza filosófica más que psicológica. Lo indudable es que para hacer debo saber cómo, y el cómo depende aquí de que el estudiante sea, de que ante todo sea. Ser uno mismo. El primer paso, pues, será averiguar cuál “es” la vocación propia. En este sentido hay un criterio cuantitativo que es absolutamente desacertado, o sea, el de calificar la vocación en razón directa del cupo o capacidad de escuelas y facultades; de tal manera que si aspiro, por ejemplo, a estudiar medicina y en la facultad correspondiente hay abarrotamiento de alumnos, seré enviado a otra facultad desdeñándose aquélla vocación. En otros términos, así se sacrifica el “ser”. Por otra parte aprender a ser no es fácil, ya que ello obedece a muchos factores. Pero lo evidente es que el país necesita, reclama, jóvenes estudiantes que “sean” y que, en consecuencia, por serlo garanticen el primer paso para ser profesionales congruentes consigo mismos y con su carrera, lo cual repercutirá en beneficio de la nación entera. A mayor abundamiento lo que uno haga (el aprender a hacer) no se realiza o exterioriza si se está descontento, insatisfecho con lo que se hace. El progreso de un país se deriva de que los profesionales en las diversas ramas del conocimiento hagan a satisfacción lo que les corresponde.

Ahora bien, el binomio hacer y ser es fundamental para la felicidad propia y ajena. Sonará utópico o romántico, pero México debe tener profesionales felices. El mejor motor del trabajo es el resorte vital, es decir, la congruencia y la satisfacción en lo que se es y en lo que se hace. El progreso moral, económico y político estriba en mucho, en muchísimo, en la felicidad del individuo, en que se sea y se haga lo que hay que hacer a cabalidad. Por eso encausar la vocación es un deber esencial de la Universidad, lo cual equivale a darle un sentido a la vida individual y comunitaria de nuestra máxima casa de estudios, a lo que jamás ha de renunciar la Universidad. Por nuestra raza hablará el espíritu. Lo cierto es que nos distinguimos por lo que somos y por lo que hacemos. Los problemas más severos por los que atraviesa México, de aplicación efectiva del Derecho, de seguridad, de legalidad, de impunidad, de carácter económico, se han de resolver por los hombres, por los seres humanos. ¿Y si éstos, me pregunto, flaquean en su naturaleza moral, espiritual e intelectual? ¿Y si flaquean en el ser y hacer de los hombres? En tal virtud descubrir la vocación, orientarla -que no cambiarla o forzarla- y dirigirla es una de las tareas más relevantes de la Universidad, es preparar al estudiante para el ejercicio pleno de su carrera en su beneficio y en el de la colectividad. Es, en rigor, proyectarlo en la dinámica del progreso nacional. Yo estoy de acuerdo en que es necesario, desde luego, el formalismo de pasar un examen, aunque no es todo. Hacer y ser, en cambio, implica una absorción real del conocimiento, una percepción de la propia individualidad, un compromiso con uno mismo y con los demás. Es lo que el país requiere de una Universidad como la Nacional Autónoma de México. Un país se construye y se forja con sus ciudadanos. Saber es crecer y hacer crecer.

Sígueme en Twitter: @RaulCarranca

Y Facebook: www.facebook.com/despacho.raulcarranca