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El agua del molino

  • Raúl Carrancá y Rivas

La entrevista

Le entrevista que el día 31 de enero se llevará a efecto en Washington entre el presidente Trump y el presidente Peña Nieto reunirá todas las características de un encuentro en que el beneficio para México será insignificante si no es que nulo. El presidente Peña Nieto tendrá que presentarse a ella investido con lo que es en sí, con lo que representa y con las características propias, específicas, del momento histórico que se vive a la luz o sombra de la llegada amenazante del nuevo mandatario norteamericano. En efecto, esta es la característica particular del acontecimiento. Pero Peña Nieto no puede ni podrá, no deberá, olvidar nunca lo que es y también lo que personifica históricamente hablando. Me refiero a la tradición histórica de México. Desde luego no estamos en las condiciones del pasado, pero persiste en el panorama nacional e internacional la idea de unos Estados Unidos que han llevado su acostumbrado “nacionalismo”, llamémoslo así, hasta los límites de una agresividad inaudita. En consecuencia, Peña Nieto tiene el compromiso de no negar una trayectoria histórica en la que, muy por encima de la dignidad y defensa de la soberanía, por supuesto fundamentales, han ido y van de por medio valores esenciales de la convivencia y de la naturaleza propia del hombre, de su destino. Me explico. Hay algo, o mucho, en la doctrina de Trump que guarda una relación directa con el que se ha llamado destino manifiesto. Su xenofobia, donde nos incluye con evidente desprecio e ignorancia de la realidad, incluyendo así mismo y por extensión a las mujeres -con un prejuicio sexual ostentoso- y a los musulmanes sin distinción y a raja tabla, implica que somos para él y para su concepción política, al margen de su pregonado nacionalismo, pueblos, o naciones, o gente inferior. Y olvida paradójicamente al respecto que un promedio de 34 millones de ciudadanos de origen mexicano, o más, viven y producen en su país. Pero esa inferioridad que señalo halla su fuente, repito, en una idea abrupta del destino manifiesto que es una frase que expresa la creencia de que Estados Unidos es una nación destinada por la autoridad divina o Dios, a expandirse por todo nuestro continente, con obvias adquisiciones territoriales. La expresión que se trata nació, como se sabe, de un artículo intitulado “Anexión”, publicado en la revista “DemocraticReview” (dato curioso porque de ella se han apropiado los republicanos), escrito en 1845 por el periodista norteamericano John L. O’Sullivan y en el que se lee lo siguiente: “El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino”. Así, por ejemplo, se llevó a cabo la anexión de Texas y hoy es lo que Trump identifica con el progreso estadunidense.

Por lo tanto y sin hacer mucha historia, queda bien claro que Trump encarna una visión política de preeminencia nacionalista privilegiada, discriminadora y segregadora, excluyente. Agréguese la mención de un Dios claramente protestante, que sigue el luteranismo o cualquiera de sus ramas, defensor de esa visión política y que manda a la hoguera, sin concesión, a quien no piense como él. ¿Qué puede decir o hacer Peña Nieto en la próxima entrevista? Papel dificilísimo con el que no se resolverá nada negociando solo lo práctico, lo inmediato, lo que encierra intereses puramente económicos; salvo, por supuesto, lo del muro. A Peña Nieto le tocará, creo, asumir la plena conciencia de lo que es en su calidad de Presidente de la República, de lo que simboliza y de lo que representa con una amplia perspectiva histórica (pasado y presente). Y dejar a sus secretarios, que eso son, secretarios, los detalles acordados o hablados en el encuentro. Al presidente Peña Nieto le corresponde, con un estilo diametralmente opuesto al de Trump, ser el Presidente, es decir, figura sobresaliente de dignidad, entereza, independencia y soberanía. Un jefe de Estado no lo pregona, lo es.
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