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El agua del molino

  • Raúl Carrancá y Rivas

Las protestas de los maestros

propósito de que hace unos días se celebró el día del maestro viene a cuento la forma en que protestan los maestros de la llamada Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE). Ésta es una organización que surgió en 1980 como una alternativa de afiliación al Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación. A partir de allí vino la retirada de Carlos Jonguitud Barrios y la llegada de Elba Esther Gordillo Morales; además cuenta aproximadamente con cien mil integrantes que desde sus inicios se han caracterizado por exigir a través de marchas, plantones y paros laborales, la reparación de lo que ellos consideran violaciones de sus derechos constitucionales. Desde luego no se discute que les asiste el derecho, con base en el artículo 6 de la Constitución, de manifestar sus ideas sin ninguna inquisición judicial o administrativa, aunque respetando siempre los derechos de terceros y el orden público. Sin embargo en el trasfondo de sus protestas hay algo que llama poderosamente la atención y que comparo con que un bombero, toda proporción guardada, provocara un incendio en vez de apagarlo. El maestro es de suyo, y bien los sabemos, una persona que enseña una ciencia, arte u oficio, y que por lo mismo enseña a razonar y discernir. Y a pedir o demandar con razón lo que proceda. De entrada sorprende, pues, que los maestros del caso recurran a medios que no van muy de acuerdo con su trabajo. Otra cosa sería que haciendo gala de lo que son o deben ser organizaran coloquios, mesas redondas, reuniones, en que predominaran el análisis y la disertación apoyada en la legalidad, enseñando así a sus alumnos que la cultura que transmiten sirve para manejar ideas y proponerlas en los foros adecuados. ¿Soy iluso? Tal vez, pero no se niegue que la lección indirecta que dan a sus alumnos es la de que el razonamiento y la exposición de las ideas quedan a un lado del diálogo. Este es un hecho concreto.

Ahora bien, al margen de que les asista la razón y el derecho de protestar, con filtraciones políticas no siempre muy claras, lo indiscutible es lo que piensan o puedan pensar los alumnos, incluidos sus padres, de los maestros que protestan. Me explico. El alumno se guía por lo que hace y dice su maestro, por lo que ve en él. Y los padres, a su vez, confían en el maestro, ponen en sus manos el destino educativo, digamos oficial y aparte del familiar, de sus hijos. Se habla mucho de reformas estructurales pero que tropiezan con el muro infranqueable o casi infranqueable de la inconformidad de los mentores a que aludo. Y el panorama, aparte de diversos juicios y criterios, pone en primera fila al gobierno que insiste en sus reformas, en la especie la educativa, y a los maestros que por vías no muy educativas, no importa que se pueda reconocer su estrategia política, se oponen a ellas. Y las aulas abandonadas, vacías, buscándose llenar el espacio a toda costa. En consecuencia los hechos escuetos son los siguientes: alumnos sin maestros, maestros sin alumnos. Frente a aquéllos el gobierno insiste en que no dará un paso atrás en su reforma. Lo que uno se pregunta es si con los mecanismos que se han puesto en marcha para hacer de la reforma una realidad, no estaremos llegando al sitio en que la nación cree cumplir con una tarea primordial, que es la de educar, pero con la improvisación unida a la impreparación o preparación mediana. Además de las calles congestionadas de maestros que protestan las escuelas oficiales no corresponden, hasta hoy, al ideal educativo soñado y esperado por tantos ilustres mexicanos.

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