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El agua del molino

  • Raúl Carrancá y Rivas

Trumpeando

En realidad se trata de trompear, nada más que con un trompo que carga, por lo menos, dinamita. En efecto, lo que se puede decir del señor Donald Trump es que es un loco con suerte, o multimillonario, o aguerrido en un campo de batalla de destrucción y muerte. Pero todo tiene una explicación o causa. Por el momento, las señales de alarma van creciendo y son una seria, muy seria, advertencia para los electores estadunidenses (al margen de su peculiar democracia directa e indirecta). La llamada fuerza electoral latina es muy poderosa en Estados Unidos, siendo así mismo un factor vital para el ejercicio de la política. A lo que hay que añadir que lo que pasa o pase en Estados Unidos incidirá inevitablemente en el resto del mundo: fuerza electoral aquélla cada día más descontenta con el virtual candidato republicano a la Presidencia de su país. Cabe notar aquí la presencia electoral de un hombre inteligente, Bernie Sanders, que le ha clavado varias veces, y duro, la pica de rejoneo al contradictorio Trump. Éste dice que acepta y no acepta, que acepta y no acepta, un debate con aquél, demostrando así sus grandes indecisiones de fondo, ideológicas y temperamentales. ¡No, de plano, el dinero no lo puede todo! Y en cuanto a la ira o xenofobia que consume a Trump el ricachón se olvida de los orígenes de su país. ¿No acaso Estados Unidos nacieron al impulso y ritmo de sangre proveniente de Europa, la que ha sido una constante durante un largo período de su historia? De Europa y de otros países a los que abrieron sus puertas. Además, lo peor que puede hacer un político es negar las raíces de su pueblo.

Ahora bien, pasemos a los llamados latinos. El gran novelista rumano Constantin Virgil Gheorghiu escribió la famosa Hora 25 cuya tesis consiste, en medio de mil peripecias de guerra, en que el conquistador acaba por ser conquistado; lo que previó también José Vasconcelos en su Raza Cósmica. El hecho es aparentemente simple toda proporción guardada: el conquistador se devora al conquistado, lo digiere y se transforma en él. Voy a lo siguiente. Los llamados latinos tienen tal fuerza en el llamado vecino del norte que van conformando, poco a poco, una fuerza de choque y resistencia. El tristemente célebre destino manifiesto se volvió aquí un destino manifiesto, pero al revés. O sea, esos latinos son un factor real de poder que está entrando en el terreno político de las grandes decisiones. En otros términos, su descontento de hoy frente a Trump no solo es materia de fino análisis en los discursos de Sanders, un aspirante en sí nada despreciable y aprovechable en grado sumo en medio de la rueda de la fortuna de la política. Por cierto, Maquiavelo dijo que la suerte y lo imprevisto son elementos que derriban castillos políticos. En suma, hay un aspirante no registrado, no oficial, los latinos, pero cuyo poder es tal que puede decidir hoy o mañana la suerte de un país y la del resto del mundo. El grito de esa gente es una llamada de advertencia nada despreciable, a tiempo, y que pone sobre aviso a su país y al planeta entero de un enorme peligro latente. Se podrá decir que son cosas de la democracia y de la primacía que distingue a Estados Unidos en los asuntos del mundo, pero son igualmente cosas del mundo en que vivimos y convivimos. Se puede evitar una catástrofe, el desbordamiento de una fuerza irracional y con claros tintes de ultraderecha que en ocasiones recuerda los peores momentos del nazismo y del fascismo, a condición de que tengamos una clara conciencia de lo que es en rigor la globalización política. Para lograrlo, y todos lo sabemos, hay mecanismos que no son precisamente los electorales y que por razones obvias no nos atañen. No metamos la cabeza donde no tenemos derecho ni donde tampoco nos llaman, pero sí opinemos. La opinión razonable, organizada y general es una fuerza indestructible.

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