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El Agua del Molino

  • Raúl Carrancá y Rivas

  • Raúl Carranca y Rivas
  • Votar o no votar, he allí el dilema

Miles de mexicanos vivieron este dilema, que es una situación en la que es necesario elegir entre dos opciones igualmente buenas o malas. El hecho es que hay una creciente incertidumbre política y democrática alimentada por la decepción y falta de fe en el sistema que no solo opera en relación con un partido. Desde luego se trata de un derecho y de una obligación (¿cómo se podría sancionar su inobservancia constitucional?) de los ciudadanos mexicanos en los términos de los artículos 35 y 36 de la Carta Magna. Me refiero sobre todo a votar, porque ser votado o desempeñar los cargos de elección popular para los cuales se es propuesto y en su caso elegido suele ir junto con intereses personales de diversa clase y naturaleza. El dilema opera en este sentido nada más en cuanto al votante. Pero hay algo muy grave en los días que corren y vivimos: la violencia digamos interna (palabras y acciones de los candidatos) y la externa proveniente del narcotráfico con todas sus consecuencias y características. En tal orden de ideas México no es ajeno a la transformación y crisis de la democracia mundial o, mejor, del concepto de la democracia y particularmente de la occidental. La gran tradición concebida desde la Grecia clásica considera la democracia como un acontecimiento social inseparable de la paz, de la convivencia pacífica. Por lo tanto la democracia mexicana se halla seriamente mutilada en su forma y en su fondo, porque en un clima de agitación social se debilitan enormemente los derechos y obligaciones de los ciudadanos.

Ahora bien, el anterior domingo 5 de junio se votó en una atmósfera de insólita violencia, soterrada, manifiesta o no. Fue como respirar aire contaminado que daña y afecta al organismo, al margen de los hechos concretos que han señalado varios observadores. A mayor abundamiento se hizo presente el abstencionismo, aparte de que miles de mexicanos de la Ciudad de México no supieron que se podía elegir diputados constituyentes para redactar la Carta Magna de la propia Ciudad. Elección intermedia que fue un termómetro para medir lo que puede pasar en 2018. Al respecto preocupa el clima de agitación social, que no es un buen presagio para el 2018, agitación que forma parte como reacción social de la violencia que nos acosa desde la época de Calderón. Es decir, la contaminación de la violencia en un país convulso por el crimen echa raíces que pueden llegar muy lejos. Es un fenómeno de resonancia social. El resultado de ello es que el derecho político del voto, esencia de la democracia, se ve seriamente afectado. A mi juicio esto debe preocupar, y mucho, a los distintos actores políticos del país. Claro que es iluso suponer que de aquí al 2018 se podrían abatir el narcotráfico y la violencia generalizada que lo acompaña. Sin embargo son combatibles y de alguna manera eliminables el contubernio, el solapamiento, la complicidad. Un dato objetivo es que hubo alternancia en aquellos Estados del interior del país donde hubo así mismo serias sospechas de corrupción, o algo más, en sus gobernantes anteriores a la elección del domingo 5. Pero el riesgo se mantiene, la violencia no se apaga y se acrecienta el peligro. ¿De qué? De la indiferencia democrática, del abstencionismo, aparte del voto visceral con el que se vota al final de cuentas por el que sea. En suma, de la desilusión social. En conclusión, queremos ver carreras limpias, sin obstáculos en el camino, en que la competencia sea equitativa e imparcial. ¿Pero cómo impedir, por ejemplo, la corrupción -tentáculo del crimen- que ha contaminado conciencias y llenado talegas? Este es el reto social y político. El problema no se resuelve discutiendo en tribunales, impugnando, sino atendiendo la respuesta o reacción del pueblo. Es un serio llamado -¿un clamor?-, una advertencia hacia el 2018.
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