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El amor en los tiempos de Tinder / Snob / Óscar Valdemar

  • Snob: Oscar Valdemar

Anteriormente titulé una de las ediciones de ésta columna como “El amor en los tiempos del Facebook” donde les platicaba acerca de cómo se estaban llevando a cabo las relaciones interpersonales en esta era digital donde las redes sociales juegan una posición privilegiada en muchos sentidos, en la toma de decisiones sobre todo. Pues ahora, les presento un nuevo análisis, el cual, con menos de dos años de diferencia, ha revolucionado la ya de por sí, revolucionada forma de relacionarnos. Se trata de las aplicaciones para conocer gente. Los avances tecnológicos al día de hoy, sobre todo con el uso de la geolocalización, que no se si usted lo sepa o no; pero estamos todos, todos absolutamente geolocalizados, es decir, hay un ente que sabe absolutamente cada movimiento físico que realiza usted en esta vida. Ese ente puede ser su compañía de telefonía móvil, aunque algunos teóricos insisten en que hay un privilegiado grupo que accede a esta información con el objetivo de mantener el famoso “status quo”, aunque dicha información, se usa sobre todo para efectos de mercadeo. Cada paso que usted y yo damos esta registrado a través de algo denominado I.P. Es un número de serie único que se asigna a cada conexión de internet que utilizamos, la traducción del inglés de dicho acrónimo es “Protocolo de internet”. Es decir, un número de identificación supuestamente variable que se le coloca a usted dentro del universo de la internet, es tipo, su nombre en la red y es numérico. Se dice que este número se elimina y cambia cada veinticuatro horas o cada vez que usted se desconecta y vuelve a la red; sin embargo, la información generada por los mismo prevalece y deja así un registro de su caminata por sitios no solamente web. Hay cosas que hacemos deliberadamente y con objetivos sociales que van dejando rastros de nuestro comportamiento, por ejemplo, si usa usted Facebook y va a comer a un fastuoso restaurante, de pronto toma una foto y la sube a su perfil haciendo un “Check in” ¡Pum! En el otro lado del universo de la internet ha ganado usted una etiqueta, si, literalmente nos colocan etiquetas distintivas que vamos acumulando a lo largo de nuestras acciones deliberadamente “etiquetables” dentro del sistema. El fenómeno de las selfies o autofotos está en boga, existe ya una generación que se identifica a sí misma en términos numéricos, matemáticamente aceptados a través de la cantidad de “Likes” o comentarios que una de sus autofotos logra. He conocido casos incluso de gente que si no recibe cierta cantidad de reacciones en su red social ¡Se deprime!. Es muy diferente a cuando uno busca simplemente compartir. Así mismo, otro factor de “etiquetado” en las redes sociales sucede cuando nosotros seguimos a tal o cual persona, por ejemplo, si usted es seguidor o seguidora de Yoko Ono, de Paquita la del Barrio, o de alguna marca de ropa o alimentos. Todos estos se definen como gustos o intereses. Le comparto todo este matemáticamente frío panorama para pasar al corazón de nuestro análisis, es decir, como se está relacionando la gente al día de hoy. En Estados Unidos ya es una realidad, existen cada día más agencias digitales para conseguir pareja, es algo similar a una agencia de colocación de empleo…aunque usted no lo crea. Entonces compra usted una membresía y un psicólogo o similar le entrevista profundamente hasta encontrar esos puntos de conexión con otras personas. Los estudios al respecto se desbordan, pues se basan en una cultura consumista como la norteamericana, donde el primer problema es el contacto. Estas plataformas alegan estar diseñadas para ayudar a el encuentro de personas afines, lo cual es viable debido a gustos, intereses y otras variables matemáticamente contables (Si, somos números). En estos casos, existe un sentido humano que capta y traduce la información para hacer el “match” entre dos personas que difícilmente cruzarían sus caminos a pesar de tener los mismos gustos y afinidades, se preguntará entonces: Pero sí tienen los mismos gustos o afinidades ¿Por qué no se han encontrado en la clase de yoga o club de fans de Carmelita Salinas? Bueno, pues esa es la terrible contraportada de este sistema consumista que ha sobrepasado la promoción o mercadeo de lo que vestimos, lo que comemos, lo que hacemos y ha llegado al punto de dictarnos también a quien amemos ¡Qué loco! ¿No? Se trata solo de la punta del iceberg, pues me declaro un asiduo usuario de las redes sociales desde que era un adolescente. Recuerdo usarlas para hacer amigos de todo el mundo con quienes posteriormente establecí relaciones fuertes a través de correo tradicional o charlas interminables vía telefónica. También recuerdo que uno de los factores comunes para entablar una amistad, de inicio cibernética y posteriormente pasarla al mundo real, era la expectativa de la misma, es decir, que compartiéramos más que gustos similares, un objetivo social similar; creencias sobre el mundo y las relaciones humanas sobre todo, que esa persona estuviera dispuesta a salir del mundo digital y compartir el mundo real en cualquier otra modalidad. Al día de hoy, con la adhesión de los smartphones a nuestra vida diaria, lejos de ser una herramienta de comunicación, en muchos casos se convierten en una brújula del estilo de vida para muchas personas, incluso en las relaciones más íntimas. Me refiero específicamente al desarrollo de las aplicaciones para encuentros o búsqueda de pareja tales como Tinder, Match o ahora Happn. Se trata de sistemas de geolocalización y algorítmicos con usos sociales. La aplicación es descargada en el smartphone, el usuario provee información y fotografías o conecta directamente con su perfil en Facebook para integrarse al juego. Con la geolocalización provista por el smartphone, la aplicación señala quienes son los otros jugadores dentro del perímetro, expone las fotos y una breve descripción. Incluye un sistema de chat instantáneo donde si ve a alguien que le gusta, simplemente le escribe. En el caso de Tinder, además de la geolocalización, utiliza otros algoritmos como la cantidad de personas que han dado “me gusta” a su foto, los perfiles más populares, así como los intereses que el usuario colocó en su perfil de Facebook, por ejemplo: Museo de Arte Popular. Si la otra persona coincide con un “Me gusta” al suyo, le envía una notificación de “match” y de ahí, lo que suceda, será pericia social. Descrito de este modo parece fascinante, pero realmente esconde un comportamiento consumista en potencia ya que literalmente se ejerce el poder de la adquisición, es decir, de elegir en primer lugar y predominantemente por el aspecto físico, dejando en segundo lugar otros importantes aspectos que solo suceden a través de la convivencia. Repentinamente nos vemos dando un “si” y un “no” a… ¡Seres humanos! Tal y como si estuviéramos en un centro comercial probándonos ropa, sin dar oportunidad a que lo que sabemos es básico para la relaciones humanas: La convivencia. Paradójicamente, este fenómeno atrae un nuevo tipo de soledad, aquella que espera encontrar a un mejor ejemplar día tras día. Ese supuesto mar de posibilidades lejos de permitir una navegación hacia nuevas tierras, comienza ya a ahogar a muchos que, adictos a las relaciones cibernéticas, no logran establecer una en la vida real. Esto es mero consumismo ¿Estamos conscientes de ello? ¿Son realmente las relaciones humanas algo que podemos sustituir por aplicaciones en nuestro smartphone? Porque déjeme decirle que, ese es el siguiente paso si no despertamos de este sistema consumista que nos vicia, damos un uso correcto a estas herramientas al separar al objeto del humano y con esa base, damos oportunidad a la construcción de relaciones reales, saludables y sobre todo,
humanas.