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El aula

  • Pasos de Diamantina: Lorena Avelar

Un homenaje al maestro

La escuela brilla con la brevedad de un relámpago. En un mediodía cuando el sol se descuelga sobre la ciudad tumultuosa. Los peldaños de la escalera crecen y revientan, es la escalinata que desciende desde el ombligo de una nube magenta.

El aula devora la inquietud de la niñez vacilante que se dirige traviesa a ocupar sus encuadres. Teme que los ojos de los estudiantes ágiles, abandonen sus órbitas y vuelen hacia el sol. Y por primera vez vean cómo un desaforado borde amarillo sube hasta el ímpetu más elevado del cielo.

El aula siempre se desvanece con la brevedad del rayo. Entonces, decide festejar la presencia y la algarabía diaria de los aprendices en busca de soltar sus carencias. Descubre que el destino le obsequia un reino, donde la agilidad para componer músicas de colores, enseñanzas y oraciones, la convierte en un templo, donde hay mucho que educar y, regalar los peldaños de la escalera mágica.

El aula reclama sabiduría para urdir conmociones que hechicen a los neófitos encantados, en la isla de dragón nebuloso. Los días consumen las paredes de polvo y yeso. Los años desgarran con una sutil procesión de rasguños las imágenes que golpean las puertas del plantel donde la cátedra es un universo iluminado.

El aula permanece en el tiempo con su navaja filosa e inclemente, subsiste su baluarte, los muros guardan su calidez. La fibra física de la luz atrae las luces que presencian, meditabundas y silenciosas, la luminosidad que arde en los reflejos del  sol quemante

Me complace deambular con Pasos de Diamantina por las calles solitarias. Observar edificios de calladas y viejas puertas de madera, y las fachadas devotas de los colegios, donde el aula atiende al humilde polvo de tiza que blanquea las manos, las ventanas o las vistas. No muy lejos, en los campanarios los badajos están quietos. Pero se escuchan… se escuchan llenos de ánimo…