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El balance perfecto / Federico Ling Sanz Cerrada

  • Federico Ling Sanz

México es un gran país. Folclórico y colorido, lleno de vida y de alegría y de optimismo. Pero también es un país oscuro y violento en algunos lados. Pienso –perdón para todos aquellos que no la han visto– en la película del 007, James Bond, la llamada “Spectre”. Los primeros diez minutos se desarrollan en las calles del centro de la Ciudad de México durante el día de muertos (claro, lo que se ve allí no existe como tradición capitalina en realidad). Pero existe en otros lados del país. Es una mezcla sintética y sincrética de muchas cosas (México sale bien librado y las escenas son bonitas). “Los muertos están vivos”, dice al iniciar la película. Y sí, en México los muertos están vivos porque esa es nuestra cultura y nuestra tradición. No es una burla directa a la muerte, pero la convertimos en algo digno de celebrarse. Es folclórico y pintoresco. Bonito al final de cuentas.

México es el país de la alegría, donde la gente no se toma demasiado en serio algunas cosas. Ahora que ISIS “amenazó” a nuestro país, los memes en Twitter y Facebook y otras redes no se hicieron esperar. Con ese toque de “realismo mágico” que compartimos los mexicanos con otros pueblos, la gente no se lo tomó demasiado en serio. Para bien o para mal. Es decir, México es todo eso. Y por eso es atractivo: por su optimismo, por su sencillez, por su facilidad, su variedad y su folclor.

El problema es que México también es lo contrario. Nuestro país es el país donde se piden órdenes de aprehensión en contra del encargado de combatir al delito (realismo mágico); es el México donde sigue existiendo la violencia y la inseguridad en muchos lados y donde todavía no hemos podido despegar del todo. México sigue siendo el país de la “mordida” al policía de tránsito, del “guante” al dueño de un local comercial de renta, de “sindicatos”, de “apoyos”, de “cuotas”. México abusa de su sencillez y de su folclor y no puede salir del círculo vicioso en el que está inmerso.

No se trata de ser tan liberales, flexibles y burlones, que no nos tomamos en serio ni siquiera a la ley, al Estado de Derecho y a las reglas. No se puede. No todo puede ser procesión y fiesta. No en algunos lugares y no en algunas cosas. Necesitamos orden. Pero tampoco lo necesitamos siempre y en todos lados y en todo momento, porque entonces no seríamos mexicanos.

Lo que necesitamos es un balance. Es aprender a distinguir en qué cosas, en qué lugares y en qué momentos podemos ser flexibles, folclóricos y fiesteros, y en qué cosas no, y en dónde tenemos que respetar las reglas, seguir las instrucciones y cumplir con las normas y los límites. El balance siempre es necesario. Pero allí es donde está precisamente nuestra dificultad.

El verdadero balance entre ambas cosas solamente lo podemos encontrar individualmente, pues no se impone desde fuera. El equilibrio entre la flexibilidad y la rigidez está en cada uno. La sociedad, la comunidad, el Gobierno, las organizaciones, ninguno de ellos puede discernir a ciencia cierta dónde termina una cosa y empieza la otra. Solo podemos hacerlo nosotros. Pero tenemos que estar educados y preparados para ello. Por eso la educación es tan importante (más la verdadera educación que crea conciencia en cada persona). Allí es donde está el verdadero secreto del balance perfecto. México no puede perder su color y su vida, pero ciertamente podría ser más disciplinado en otras cosas. Como dice el refrán (para ponerlo en palabras sencillas): “ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre..”
www.federicoling.com y @fedeling

*Maestro en Análisis Político y Medios de Información