imagotipo

El caos ideológico francés

  • Eduardo Andrade

Dr. Eduardo Andrade Sánchez

La elección francesa ha puesto de manifiesto la desorientación del electorado decepcionado por la incapacidad de sus gobiernos, sean del signo que sean, derivada de que los hilos del poder no están a su alcance y las decisiones financieras que los condicionan vienen impuestas desde fuera a través de políticas globales sin control democrático. Así, los pueblos se desesperan y desorientan. Las ideologías se desvirtúan y desprestigian, efecto buscado por los centros dominantes de la globalización cuya ideología es la única aceptable. Por ejemplo, un Gobierno de izquierda socialista, como el de François Hollande, impone autoritariamente medidas de corte derechista, como la reforma laboral, al margen del cuerpo legislativo. Muchos franceses piensan que Hollande salió peor que su antecesor derechista Nicolás Sarkozy.

Ese caos ideológico conduce al desencanto de gran parte de la población, la prueba es el porcentaje de abstención del 23 por ciento  de los 47 millones de electores potenciales. Fueron más los ausentes que los que se inclinaron por el candidato más votado: Emmanuel Macron, quien obtuvo el 23.86 por ciento de los votos efectivos, apenas poco más del 18  por ciento  del total de la ciudadanía gala.

Los que sí sufragan se dividen en múltiples opciones por motivos más emotivos que racionales. Los dos grandes partidos tradicionales, socialistas y republicanos fueron expulsados de la segunda vuelta y por primera vez desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, ninguno de ellos llegará al Eliseo. Benoît Hamon, compañero de partido del pseudo socialista Hollande y de un histórico presidente como François Mitterrand, fue humillado con el 6.35 por ciento  y quedó en 5° lugar.

El republicano François Fillon, manchado por un escándalo de corrupción, fue tercero con 19.94 por ciento . Dos quintas partes de los votantes se fueron a los extremos; por la extrema derecha xenófoba y antiUnión Europea se coló a la segunda vuelta Marina Le Pen con 21.43  por ciento y por el izquierdista radical Jean-Luc Mélenchon votó el 19.62 por ciento. Un papel marginal pero muy importante, al recibir casi 5 por ciento de los votos, lo jugó Nicolás Du Pont-Aignan, un ultraconservador que se ubica a la derecha de Fillon —a quien se dice le restó los votos que lo hubieran podido llevar a la segunda vuelta— pero sin llegar a los extremos de Le Pen.

Este caleidoscopio pretende resolverse con la segunda vuelta que antes generaba la llamada “bipolarización” en la cual los seguidores de la derecha moderada enfrentaban unidos a socialistas y comunistas. Pero ahora en un polo estará el ultranacionalismo excluyente de Le Pen, popular en zonas rurales estancadas y entre quienes culpan a la migración de su desamparo laboral, y en el otro se  reunirán  los que quieren evitar el triunfo de la candidata que piensan acrecentará el odio y la discordia.

La segunda vuelta producirá una mayoría artificial antiLe Pen que aprovechará el joven Macron de 39 años, con mínima experiencia gubernativa y electo por primera vez a un cargo público. Escindido del socialismo y con un programa conservador, armó en un año un movimiento que atrajo a los decepcionados con los grandes partidos a los que alternadamente vieron fracasar. Fillon y Hamon en extraño coctel invitaron a los suyos a votar por él; pero Mélenchon da la impresión de que desearía que sus seguidores voten en blanco.

La cosa no pinta bien: un Presidente imberbe, beneficiario de votos que no eran para él, sin apoyo en la Asamblea Nacional donde dominarán los partidos clásicos, pretenderá conducir a una población temerosa e irritada.
eduardoandrade1948@gmail.com