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El caso de Colima / Federico Ling Sanz Cerrada

  • Federico Ling Sanz

Recientemente hemos sido testigos de un ejercicio sumamente interesante para la democracia mexicana: la elección para gobernador del Estado de Colima. Para hacer un breve recuento de los hechos, el pasado mes de junio –al mismo tiempo que el resto de las elecciones en otros estados y también para renovar la Cámara de Diputados– se llevó a cabo el proceso comicial para elegir al nuevo gobernador de Colima. La elección la ganó el priísta José Ignacio Peralta (“Nacho Peralta”) por una mínima cantidad de votos (algo así como 500 aproximadamente). Aunque Colima no es un Estado grande, el margen de diferencia es francamente mínimo; es decir, una o dos casillas quizá. Inclusive el propio Instituto Electoral del Estado tuvo fallos al momento de asignar el triunfo, y su presidenta se confundió y tuvo que rectificar. Luego, se otorgó la constancia de mayoría a Peralta, y finalmente, el jueves de esta semana que termina, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación decidió anular la elección en el estado, debido a irregularidades en el proceso, entre ellas, una supuesta coacción del voto desde instancias oficiales.

En este espacio de colaboración no se trata de juzgar los méritos de la impugnación, o si estuvo bien o mal argumentado el caso, o más allá, de si debió anularse o no la elección para renovar al Ejecutivo Estatal. Nada de eso. Lo que quiero resaltar de este ejercicio es la incertidumbre de las elecciones. Decían los teóricos como Norberto Bobbio (y lo siguen diciendo muchos), que la democracia realmente necesita ciertas condiciones para ser efectiva. Entre otras, que las elecciones sean libres, periódicas, que haya libertad de información y expresión, que haya opciones viables de donde escoger, que exista un Estado de Derecho sólido, y especialmente, que exista incertidumbre sobre quién va a ganar.

Pues bien, el caso de Colima conjunta todo lo anterior. Las instituciones democráticas están haciendo su trabajo, como es el caso del Tribunal Electoral y han tomado en sus manos difíciles decisiones respecto a los procesos electorales, tal como es anular la elección a gobernador. No es fácil, y mucho menos cuando hay tanta presión al respecto. Pero cuando se conjunta el Estado de Derecho, un proceso electoral que haya sido realmente libre e informado, se pueden y deben decidir cuestiones similares. Y en este caso, resulta importante saber que no hay certidumbre sobre quién ganará determinado proceso, hasta que sean las autoridades competentes quienes hayan dado su veredicto final.

Quizá mañana se lleven a cabo elecciones nuevas y gane Peralta, o quizá no. Como siempre, lo más importante es saber que la incertidumbre democrática es parte del juego y tenemos que aprender a actuar con esas normas. Esto es lo que hace verdaderamente libre a la sociedad, y fortalece sus aspiraciones a ser cada vez más democrática. Como dijo Winston Churchill, “hasta ahora la democracia es la peor forma de Gobierno, a excepción de todas las demás”. Es decir, no es perfecta, pero es la única manera que hemos encontrado para que la transición del poder sea un ejercicio abierto, y especialmente que ello haga contrapeso a los regímenes autoritarios.

Estoy convencido que el caso mexicano es emblemático y que a lo largo de los últimos años la sociedad se ha vuelto más participativa, más comprometida y más responsable. Si a ello se suma el ejercicio de los órganos que están destinados a proteger dichos derechos, la combinación resulta muy favorable. Una vez más, la incertidumbre democrática es señal de salud política. Como dije, no se trata de juzgar el mérito o no de la impugnación o la anulación, sino de empezar a hacer nuestros los mecanismos de participación ciudadana.

 

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