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“El Centauro y el Unicornio no han resucitado aún”: Fernando del Paso / Un Cuarto Propio / Lucía Raphael

  • Lucía Raphael

| LUCIA RAPHAEL |

Como un “collage” del absurdo, ver pasar las noticias que ennegrecen la geografía mexicana provoca la mayor de las angustias. Por un lado, el gobernador de Quintana Roo, se atreve a afirmar que “hablar de feminicidio es dañar al Estado”, como sí el Estado mismo no estuviera dañando, a la población que lo conforma, haciendo caso omiso de la violencia y el odio creciente contra las mujeres. Cómo si hablar de derechos humanos fuera un insulto; como si reconocer la realidad fuera dañino. Es no entender que al hablar de derechos humanos y de perspectiva de género, estamos diciendo la verdad en términos que gritan: ¡No se están respetando! Términos que exponen como la población mexicana se degrada en todos sus niveles. No solo es Quintana Roo; cada día que pasa el Estado más tranquilo y apacible de este territorio, expone su realidad en la violencia feminicida. Cómo en aquel proverbio argelino que dice “Crecerás, sufrirás y se lo harás pagar a tus mujeres”, el odio rancio y la animalidad más salvaje de esta humanidad retoma su lugar de sitio, y sus primeras víctimas son las mujeres, esta lógica milenaria no tiene nacionalidad árabe, tiene inconsciente colectivo humano, tiene regresión viril de hormonas exaltadas y tiene elementos culturales que existen desde que la especie humana se hace llamar así, en la cual la mujer es el depositario de frustraciones y resentimientos, de quienes se niegan a ceder sus privilegios de género, haciendo sonar eso de “ser más humanos” como el mayor de los absurdos.

Más atrás en la línea del tiempo, el Estado federal se lava las manos, en una afirmación jerárquica y absoluta, el secretario de Gobernación nos ordena: “Dejen de decir que fue el Estado”, paradójica estrategia, el hombre detrás de cualquier opresión, expone en su frase su lógica radical: “A falta de consenso, fuerza”; el mensaje es claro: “No haremos un análisis realista, concienzudo, honesto de la realidad para darle soluciones, seguiremos jugando bajo nuestras propias reglas”. Este Estado le da, de manera cada vez más descarnada, la espalda a las leyes que lo legitiman, que supuestamente deberían estar defendiendo. Ayer vuelve el gesto; el operativo desmesurado de persecución y amedrentamiento contra los estudiantes de la Normal Isidro Burgos. “La Jornada” informa hoy que todos han sido liberados con vida. Solo fueron perseguidos por camionetas de asalto, esas que vemos pasar por las calles, ahora también de la Ciudad de México, frente a las cuales “deberíamos sentirnos seguros”; cuando vemos los videos de la persecución, filmados por los estudiantes, cualquier certeza de seguridad se desvanece. La lógica de “el narco tiene sitiada la ciudad” suena más que nada a la aplicación acelerada de las políticas del miedo.

Quiero tomar la información del asalto a los diez autobuses con mesura, al final de cuentas los liberaron. Pero no puedo dejar de plantearme, si la excusa del “robo de una pipa de gas” fuera plausible, ¿Cuál tendría que ser el comportamiento de aquellos que tienen la obligación de salvaguardar la seguridad y la propiedad privada? ¿Se requiere ese despliegue de fuerza? ¿Golpearlos hasta dejarlos heridos en el suelo sangrando, sin permitir que nadie se acerque a socórrelos durante horas? ¿Perseguirlos, rompiendo ventanas, caras, cráneos? ¿Detenerlos sin consignarlos? Para finalmente soltarlos a todos… ¿Sino se hubiera mediatizado el ataque de la manera que se hizo, hubieran sido liberados? ¿Si eran culpables del robo de propiedad privada? ¿Qué leyes justifican estos despliegues de fuerza? Los estudiantes consignan que estuvieron involucrados de nuevo el Ejército, la federal y la estatal; si es cierto, ¿Cómo lo justifican? Hemos llegado al nivel que el Estado es el primero en violar todos y cada uno de los preceptos constitucionales, hemos visto a cada ocasión que el “debido proceso” sirve como guión para su propia violación sistematizada. Primero violan las leyes “luego viriguan”. Estamos constatando que el nivel de ilegitimidad y la falta de consenso, se traducen hoy en la aplicación de la fuerza.

Finalmente leo el discurso del gran Fernando del Paso, en la entrega del “Premio Emilio Pacheco” de Yucatán, ahora además “Premio Cervantes”, de España. “Más que recibir premios tenemos como responsabilidad denunciar las injusticias que nos rodean”, dice el escritor mientras conversa con su amigo y colega, está triste como él, como todos los que vemos la realidad. “[…] Lo único que no sé, es en qué país estoy viviendo” -dice el novelista- ¿A qué horas, cuándo, permitimos que México se corrompiera hasta los huesos? ¿A qué hora nuestro país se deshizo en nuestras manos para ser víctima del crimen organizado, el narcotráfico y la violencia?” Habla más que desde la culpa de la responsabilidad que nos corresponde a todos y cada uno como mexican@s. Habla de nuestra ignorancia frente a los pueblos indígenas, sus nombres, la manera en que el Estado y las trasnacionales los arrancan de sus tierras, les arrebatan sus propiedades (¿Dónde están las camionetas de asalto para perseguir a los ladrones en estos casos?). “Tú mismo lo dijiste: los pobres, tarde o temprano ellos, en masa, heredarán la tierra. Tú nos invitaste a admirar su paciencia. Pero… ¿hasta cuándo José Emilio, hasta cuándo? Ese día no parece llegar nunca: el Apocalipsis, como tú dices, todavía tiene que dar paso a varios comerciales y el Centauro y el Unicornio no han resucitado aún”.

Escritora e investigadora IIJ–UNAM /learapha@gmail.com /
@LUCIARAPHAEL11