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El continuo exabrupto / Numerados

  • Camilo Kawage

1.- A los que hemos tenido la singular e invaluable oportunidad de tratar con personas que a la luz de todas las apreciaciones merecen la calidad de excepcionales, y que nos ensanchan la perspectiva de la vida, nos colman la aspiración de aprenderles, y nos fijan el parámetro a copiar, el espectáculo aberrante que se nos presenta hoy como directriz mundial y procaz agresión a México cobra tintes de degradación y bajeza a los que no tenemos porqué sucumbir azorados y sumisos, ni el mundo ni los mexicanos. El talante de estadistas, nacionales y extranjeros de talla histórica; la intuición reveladora de forjadores con visión más allá de sus vidas, y la inspiración de estudiosos del conocimiento e investigadores de la condición humana, aligeran el terror de lo inmediato.

2.- La tarea de reescribir los tratados y teorías del Estado moderno se ha vuelto de pronto más ingente cuanto que ya nadie parece preocuparse por pensar, y los que concibieron quienes crearon Estados Unidos han sido borrados con el migajón del disparate impulsivo e ilegal. En el frenesí por disipar el peso de la Historia, los nombres de Madison, Jefferson, Hamilton, Adams, Jay y los otros colosos que redactaron el Federalista, la Declaración de Independencia, y la Constitución con que se fundó la nación sólida y consistente que ha sido en tantos sentidos modelo de organización en nuestro tiempo, han sucumbido a la insensatez del exabrupto.

3.- Esos padres fundadores de Estados Unidos se conducían por convicciones, por ideales y por la sabiduría que es perfeccionista y noble; conocían el poder de las armas –eran luchadores y estrategas militares- pero dominaban el poder de la razón –eran letrados y hacedores de leyes-. Se reflejaban en la aspiración generosa de un país civilizado, industrioso y próspero, y no en su propio espejo de inquina y venganza, ególatra y cínico. Creían en la grandeza de su país a través de la buena fe y el trabajo de todos, no de la prepotencia y la fatuidad de uno.

4.- Por ese deliberado rompimiento con la Historia, esa pertinaz ignorancia de sus lecciones, no será el comerciante inmobiliario quien asuma el prolongado daño de su irreflexión, ni siquiera los ciudadanos que lo votaron en la ingenuidad de su engaño. La cuenta del regreso al orden la pagarán todos los que viven ahí, sin mérito de su condición migratoria. Y buena parte del resto del mundo, más que en términos de comercio, manufactura o aranceles, en la noción misma de equilibrio social y político de las naciones y la relación consigo mismas. La sola idea de que las democracias se quiebren al tumbo de los extremos –con el veneno del odio en el ventilador- como remedio a lo que creen ser sus congojas, incuba más temor que el miedo.

5.- Justo ahí radica la fortaleza de México para hacer frente a la agresión. En el respeto a sus instituciones, a la libertad, el arraigo de la Historia y la cohesión que nos identifica se halla la razón profunda de cualquier expresión de indignación y de repudio a actitudes beligerantes y francamente hostiles de un enemigo fortuito. Ahí debe ubicarse el motivo sobrado de una marcha por México, en todo el país a una sola voz; no en buscar quien la dirige, quien la protagoniza o quien abandera el liderazgo. Un argumento que nos recupere la facultad de pensar, de asimilar y de hacer valer la cordura de lo evidente.

6.- La capacidad de procurar el bien, la concordia y la cohesión será siempre mayor a la de hacer daño, de romper y de dividir. Esa certeza nos evitará incurrir en absolutismos y sumisiones que ya han probado su poder aniquilador de sociedades.
camilo@kawage.com